lunes, 25 de septiembre de 2017

Sucumbir ante la violencia

Usualmente pasaba que, tras una botella de vino semi fino durante el almuerzo, la pareja se iba a reposar la comida a la cama y tenían sexo. Sin embargo, también era altamente probable que se detonasen unas tremendas batallas, que por lo general se iniciaban por el ego y narcisismo de uno, sobre el ego golpeado y defensivo de la otra. Y una de esas bellas tardes primaverales, ambos bebieron más de una botella porque aprovecharon la oferta de combinar 3 vinos en el Líder, y al rato les empezó a pasar la cuenta.
Algo dijo él, sentado con las piernas cruzadas y revolviendo el vino con su mano. Mirando el brebaje, dándole la espalda a ella mientras la ninguneaba con sus dientes teñidos de vino. Ella estaba intentando argumentar en contra, diciendo que a pesar de que algo no se comprendiera en la ley como violación, eso no significaba que no era una violación. El estudiante de derecho -había una visita presente- decía que no era violación. El otro estaba de acuerdo.
Ella estaba ardiendo en ira. ¿Cómo era posible que, sin siquiera hacer una pesquisa de si hubiera consentimiento o no, se asumiera que en esa relación no había violación? Era una discusión sobre conductas del campo, y ella pensaba que era demasiado probable que las mujeres que eran abusadas, no quisieran decirlo porque el abuso está normalizado en el campo. Las mujeres nacen, se las viola el tío, el padre o el abuelo, y crecen. A las madres les pasa lo mismo, a las hermanas, tías y abuelas también les pasó. Y no dijeron nada. ¿Quién te crees que eres, que dirás algo? Era algo que pasa y va a seguir pasando y hay que aceptarlo y es derecho del hombre. El hombre decide, tú acatas: ese es tú deber.
Ella sentía que aquella era la situación, y que ellos no podían comprenderlo porque no eran capaces de empatizar con esas realidades tan horribles, a falta de conversaciones con mujeres, a falta de lectura, a falta de observaciones no tan finas, tal vez, pero que las mujeres bien podemos observar. Le dio rabia que él se creyera el rey de la razón. Que él fuera capaz de afirmar con sus piernas cruzadas y sus corridos dientes pintados, que era IMPOSIBLE que se tratase de violación. Le daba asco que ese personaje que tanto de vanagloriaba de haber ido a una charla de Judith Butler, tan entendido en temas de género y sexualidad, no fuera capaz de abrir una compuerta de duda ante una posible realidad que la ley estuviese pasando por alto. ¿Dónde quedaba toda esa supuesta empatía y ese conocimiento tan glorioso a la hora de imaginar la posibilidad de que en el campo las mujeres violadas callaran por una cuestión que nada tiene que ver la aplicación de la ley? En darle la razón al amigo, creía ella.

Este maldito, ¿qué se cree? ¿Qué sabe él? No porque la ley diga que no es violación, tiene razón. La ley se equivoca en mil weás, imbécil. No sabe de qué mierda habla, ni se imagina. Jamás le ha pasado nada, jamás nadie le ha hecho nada aprovechándose de que el mundo le crió como un ejemplo de debilidad, sumisión y miedo. Obvio que no, porque creció al otro lado.
Canalla. Imbécil. Estúpido. Pérfido.

Ella le insultó y se fue a la pieza con su copa de vino, dejando a los dos hombres conversando en el comedor.
Escribió en algún cuaderno cuánto odiaba a ese hombre, cuánto le desagradaba que siempre tuviera que ningunearla frente al resto, sobretodo en un tema que a ella le gustaba y del cual sentía que no había leído poco. Escuchaba Empire Ants una y otra vez, y lloraba. Repetía la situación mientras conversaba con una amiga.

-No sé qué hacer, ya no soporto a este weón, necesito salir. ¿Estás trabajando en el hotel?
-Sí, nena, estoy acá en la recepción. Si quieres pide un taxi y me vienes a ver, yo te lo pago cuando llegues.
-No, puedo ir en bici.
-Nena, es tarde, son más de las 11, prefiero que pidas un taxi.
-No, mira, si me voy súper rápido, llego en 5 minutos al hotel pedaleando rápido...
-¿Segura?
-Sí, te prometojuro que no pasa nada.
-Bueno nena, te espero y cualquier cosa me llamas y conversamos todo el trayecto.
-Ya, nos vemos.

Salió con la cara hinchada de tanto llorar, con la mochila puesta y los audífonos conectados al celular para escuchar su musiquita, posiblemente Empire Ants. Él la miró con suspicacia y algo de superioridad moral.

¿Qué estás haciendo?
Voy a salir en bici. Voy a ver a mi amiga; está en el hotel.
Es tarde, no vas a salir en bici.
Sí, y no hay nada que puedas hacer para impedirlo.
No voy a dejar que salgas a esta hora.

La visita no decía nada, solo miraba. Intentaba no respirar para que su presencia no se notase.

Tú no me mandas y no puedes decidir por mí.

Ella abría la puerta para sacar la bici y tirarla por la escalera, pero él la cerró con fuerza y se interpuso en su camino. Le continuó negando la salida nocturna en bici, esta vez ya con su propio cuerpo. Ella le insultó por ser tan entrometido, por dárselas de que la protegía cuando en verdad ni siquiera la quería ni la escuchaba, y corrió la bici hacia el comedor. Su idea era tirar la bici por el balcón del tercer piso y luego lanzarse ella y así pedalear hasta el hotel. Cuando abría el ventanal y pasaba la bicicleta al balcón, él preguntaba un tanto desesperado 

¿Qué vas a hacer?
Ándate a la mierda conchatumadre. Voy a ir al hotel como sea.

Él salió con rapidez al balcón, la detuvo cuando levantaba la bici. La tomó entre sus brazos por mucho que ella pataleaba en contra, sin poder hacer uso de su propio cuerpo. Él la dominaba y la llevaba donde quisiera, cuando quisiera, en contra de todo lo que ella deseaba para sí.

Suéltame conchatumadre, te odio imbécil reculiao de mierda.
No.

La llevó a la pieza y le dijo que parara con la weaíta, que se quedara tranquila, que había visitas. 

No.

Ella le insultaba, le intentaba pegar y él se defendía. Ella esperaba que él la golpeara. Cuando se acercaba para provocarle, él la agarraba del cuello con su mano enorme y la empujaba, deteniendo cualquier ataque. Se hicieron eso unas 3 veces, tal vez, hasta que ella se rindió con golpearle porque él la empujaba del cuello y se acababa todo. Entonces vio un proyectil en el escritorio, una taza de té que decía "té" por todas partes. Se la había regalado porque siempre conversaban que había millones de tazas que decían "café", y ninguna que dijera "té". Y él amaba el té, así es que cuando ella se encontró con esa taza, no lo dudó un segundo y se la llevó como un regalo sorpresa de día cualquiera. Era uno de esos gestos de amor.
Pero en ese momento la taza no significaba amor. Quería lanzarla contra la pared, pero su puntería le falló y le llegó en la cabeza, tal y como sus entrañas y cuello secretamente deseaban que sucediera. El golpe tronó seco en su cráneo, él se dobló, la taza rebotó y al dar con el suelo se quebró en mil pedazos.
La pelea habia terminado. Nadie había ganado. Ella sintió la derrota de sucumbir ante la violencia, por la desesperación pendeja de no poder darse a entender, de no saber expresar su argumento, de no poseer las dotes orales para convencerles de que su punto no era inválido ni imposible, sólo muchas veces se hallaba oculto por una cuestión de ley.
Sus piernas dejaron de funcionar a medida que se rendía ante la sensación de haberse convertido en una bestia. Tomó su cuaderno para escribir algo, para recordarse a sí misma que era una bestia, y cuando lo hizo un borde de la hoja le cortó un dedo. Llenó la hoja de sangre para recordar la noche, la batalla, el momento, mientras él se agachaba a su lado para abrazarle y decirle que la perdonaba.
Ella no quería que la perdonara. Las bestias violentas no merecián perdón. Y lo cierto es que él nunca le pudo perdonar, y el suceso se convirtió en su as bajo la manga para cada futura discusión. Para cada futuro momento en que ella estuviera en desacuerdo con alguna conducta de él. Sin haberlo previsto, no sólo perdió la batalla en contra de su propia moral, sino que además se ató una cuerda al cuello cuyo extremo llegaba directamente a la mano de él, entregándole todo el poder.
Ella tuve que aprender sendas lecciones de vida. Y la visita siempre estuvo ahí y se fue con la mayor incomodidad posible.

FIN.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Siempre doy la cacha así que ya me acepté de esa forma.

Hace tiempo no me sentía tan deprimida en un día soleado. Espero que se me pase porque por el momento deseo morir.
Anoche vi el cuadro completo y comprendí lo que no quise ver. Debí haber entendido y escuchado bien cuando me dijeron que era un superficial. Obviamente yo no soy rubia, tostada, ni tengo los ojos claros y mucho menos un cuerpo perfecto. Al contrario, soy de esas personas comunes que por nada llamaría la atención de nadie. Sigo sin ser capaz de comprender para qué quiso en primera instancia huevear conmigo. Al final solo se me ilusioné mientras me usaba como un juguete; siempre estuvo interesado en otra persona, alguien atractiva, no como yo.
Siento que me cuesta bastante reiniciar mi botón de autoestima y llegar al lugar donde no le conocía. Quiero sentirme bien y dejar de desear la muerte solo porque el mundo es banal y superficial o, mejor dicho, porque E me arruinó emocionalmente y desapareció de mi vida en un santiamén. Entiendo que jamás le hubiese "correspondido" de alguna forma hacerse cargo de mi infelicidad, pero sí le considero bastante responsable, considerando que él tenía las herramientas para evitar hacerme este nivel de daño.
Pero, claro, jamás sería capaz de empatizar con un simple objeto que él era capaz de volver invisible e insignificante de un día para otro. Su falta de consideración por mis sentimientos es lo que más daño me causa, sobretodo cuando recuerdo que varias veces me dijo "lo más importante es que no estés flun"...
Men-ti-ra. MENTIRA, MENTIRA, MENTIRA.
Mi condición de juguete invisible fue un capricho. Mi inclusión parcial y distante a su vida eran más caprichos. Estaba aburrido y notó que era difícil que yo le negara algo, así que se aprovechó de la situación, mientras miraba atento si es que aparecían oportunidades mejores; oportunidades reales, mejor dicho. No de material desechable, como yo. Siempre estuvo mirando sobre mi hombro y yo no me daba cuenta.
Me siento como uno de esos delgados vasos de plástico que no resisten el tercer relleno de copete. Obvio que a los pocos "usos" ya estaba aburrido. No soy ni jamás seré una persona... MUJER, perdón, porque no olvidemos que me estoy refiriendo a alguien muy heteropatriarcal que utiliza discursitos de género y """"""empatía"""" por ser mujer" para que piensen que de hecho le importan las mujeres, pero al final ni siquiera recuerda que tenemos sentimientos ni se entera de nuestro sufrimiento CONSTANTE a causa de personas como él: personas que legitiman y reproducen un etereotipo de mujer patriarcal que debe ser de cierta forma FÍSICAMENTE para recién empezar a ser considerada en su mundo.
En fin, jamás cumpliré con alguno de sus increíbles pero vacíos estándares. Jamás le importé ni le importaré de ninguna forma.
Estoy dolida y decepcionada. Lo que más valoré de él, y por lo que tanto me embobé y le deseé más que a nadie, era su maldito y retorcido cerebro, específicamente su forma de pensar y todo lo que era capaz de alejarle de las convencionalidades y banalidades que recién describía. Porque tal parece que soy la única imbécil que sabe que da para más. Obviamente eso no importaba nada, y por ende no hacía ninguna diferencia en su trato hacia mí. Creo que aunque le hubiese expresado lo perfecto-con-defectos que era para mí, no le hubiera vibrado siquiera una célula.
Me dan ganas de dejar este mundo porque estoy chata de no ser capaz de quitar a esta persona de mi sistema. Me gustaría ser capaz de sentirme bien conmigo otra vez, pero ya lo veo casi como una misión imposible. Mi condición de basura supera la desgracia del desecho, y llega al material percolado, donde soy hedionda y repugnante para él.
Lamentablemente debo admitir que le quiero todavía. Lamentablemente continúo pegada y, a modo de resignación y respeto por su forma de ser, como un terrible y sufrido acto de empatía y solidaridad en un contexto de destruido romance, le deseo la felicidad en su mundo que no puedo integrar ni compartir. Hubiera preferido expandir nuestros conocimientos, pasar el rato y sentir interés de su parte por conocerme, más allá de lo que fue el sexo. Pero yo no servía para nada más, y así es como finalmente me siento.
Desechable, invisible, indeseable.
Ya no quiero ver a nadie, ni quiero conocer a nadie que me atraiga. No puedo confiar en nadie ni emocionarme, porque cuando me emociono sufro y de verdad no quiero volver a pasar por esta mierda; y así es como mi vida entra en este ciclo imbécil de esperar la muerte, o decidirme de una buena vez a ir a buscarla. Sé que se lee patético. Sé que ni él ni nadie lo valen, pero YO SOY PATÉTICA. Y no soy nadie sin ustedes, y sin ustedes no hay emociones, y sin emociones no hay ustedes; así que no puedo ser alguien, no como antes.
Se terminan los jueves y pierdo toda esperanza. Ya odio casi todos los días de mi vida, incluso los viernes, y nada me ha podido traer al mundo real, ni siquiera esos magníficos rayos de sol que tanto necesito para producirme una poca de felicidad.
Odio ser tan patética y comprensiva a la vez, ponerme en el lugar de ser un cerebrado que desconoce un tanto importante de su materia gris, que se valida a través de su cuerpo y su carrera, porque comprendo en ese entonces mi nulo lugar en su vida. Así es como termino resignándome, destruyéndome, alejándome, por mi propia forma de ser. Por no poder interesarle ni un poco, por no poder siquiera existir en sus recuerdos.
No signifiqué una mierda y lo correcto sería que tampoco hubiese significado una mierda para mí.
Ya no saco nada con ocultar nada. No me interesa mentirme ni me siento mal porque alguien lo sepa. La verdad es que no puedo sentirme peor que esto, así que si quieren hacerme daño, este es el peor momento para hacerlo con éxito.
Lo siento por dañar personas, pero era un tanto lógico que lo hiciera estando yo tan dañada y sin lograr superar el rechazo rotundo de alguien que para mí existía, a quien valoraba en su totalidad, siendo yo absolutamente inexistente e inocua para él. No obstante, como una justiciera de las personas que quiero, declararé con centradas letras rojas la siguiente sentencia:

Si alguien le hace algún daño alguna vez, quien sea, cuando sea, donde sea: 
le voy a reventar.

¿Por qué esa declaración? Porque así soy. Y soy así con respecto a todas las personas que quiero o les teno cariño.
Soy tan imbécil que me avergüenzo. ¿Pero de qué sirve la vida si me guardo todo? Que, al menos, alguien se logre divertir un rato leyéndome; entonces ya habrá servido para algo mi sufrimiento y desahogo. Que no sea en vano es lo más importante, porque nada me disgusta más que la pérdida o insignificancia de algo, de absolutamente cualquier cosa. Mientras sirva, que así sea.
Adiós.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Sueño 3 o 4, ya no me acuerdo

Hola.
Anoche soñé con la Jime -no con la Mena-, y la Belén y otras personas que se paseaban por el sueño. Yo era algo así como una agente secreta, y me enviaron a ayudar en plena guerra a esta mujer (la Jime) que era la líder de un movimiento en pro de alzar una rebelión ante lo que sea que estaba pasando. La fotografía era fría; yo traía un abrigo gigante en el que guardaba libretas y armas, la Jime tenía un pelo platinado, corto y ondulado, con sus gafas de siempre y un negro abrigo de piel -no sé si era piel falsa o no, solo recuerdo que tenía mucho estilo. Ambas protegíamos nuestros pies con botas de cuero largas, y ambas llevábamos sombrero. El mío era como el de Carmen San Diego, y el de la Jime era como el de la mamá de la Rose en Titanic.
Mi misión era protegerla a toda costa, así es que la seguía mientras hacía su vida. Conversábamos poco porque necesitaba estar pendiente de todo. Yo era su Micheletto y ella mi Cesare.
En uno de sus viajes llegamos a un block de departamentos maltratados. Eran ls suburbios de una ciudad gris y circular, en ocasiones cubierta por algo de arena blanca -sé que no era nieve. Subimos como 6 pisos y llegamos a una puerta de madera oscurecida. Nos abrió la Belén y nos invitó a pasar. Las paredes de su departamento eran verdes con café; todos sus muebles, los pocos que tenía, eran de madera oscurecida al igual que la puerta. Había una alfombra enorme y un tocadiscos (o habrá sido una vitrola).
Celebraban una reunión que estaba por terminar, así es que deduje que la presencia de la Jime era para las conversaciones de cocina, más que para el público. Su perfil no se correspondía con lo que realmente era, y aquéllo era lo que necesitábamos para que el plan pudiera seguir su curso. La Jime era la única persona capaz de llevarlo a cabo, y yo la única capaz de mantenerla con vida en caso de que se descubrieran sus motivos. La Belén era la mujer que cubría a la Jime, y por eso sus conversaciones en la cocina eran secretas, incluso para mí.
Mientras guardaba la puerta se libraba una fiesta. No acepté ningún trago ni cigarrillo de ningún tipo, porque no podía comprometer la vida de mi Cesare. Pero cuando salieron me dijeron que era seguro, que era necesario que carreteáramos.
Y en ese carrete algo pasó con algún alguien que no logro recordar.
De la nada estábamos en la casa de las reuniones, que sólo contaba con una mesa larga para apoyar planos. Lo que se llevaba no podía dejarse ahí, por ningún motivo.
No logro saber por qué, pero recuerdo la sensación de haber percibido que la Jime estaba flun por algo familiar, como un hombre, un bebé, cosas de ese estilo. Tal parece que estaba abortando o considerando hacerlo, y el hombre involucrado era además su mejor amigo.
Yo también tenía problemas con un hombre, y por eso la comprendía y de vez en cuando le sobaba el hombro. La llevé a un contacto de enfermeras para que conversaran del tema, y luego la llevé a la vega de los pescados, donde el suelo efectivamente estaba cubierto de arena blanca.
Al frente vi un auto con dos personas adentro, y mi estómago se encogió. "Ellos nos van a llevar", pero yo no quería entrar. Sentía que era una cárcel, el peor lugar del mundo, y por primera vez en todo el sueño, sentí terror y angustia, pero el trabajo era más importante, así es que subimos en la parte trasera y miré todo el camino por la ventana.
Nos largábamos de una isla que conectaba desde un puente de altos acantilados al resto de la ciudad. Desde los acantilados veía un sol débil y el mar. En la ciudad, veía muchs bloques de departamentos, de estas "viviendas sociales", y en todos y cada uno de los balcones había montones de sillas acumuladas. Sabía que las personas debían guardar sus sillas en el balcón por alguna razón, pero no entendía por qué. Incluso había quienes arrendaban balcones para dejar sus sillas.
La importancia del recorrido en el auto de esa extraña pareja, era que, a pesar de la adversidad, la Jime iba feliz.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

arrival

La flor de verano tiene su apogeo en la estación que lleva su nombre. El resto del año, si bien puede sobrevivir, su vida está siempre tendiendo de un hilo. En ocasiones se marchitan los pétalos, pero si se logra mantener con vida suficiente el tallo y las raíces, la flor de verano comienza a retomar fuerzas en primavera. 
Cuando la flor de verano ve su tallo marchito, lo más probable es que no logre sobrevivir, a menos que se trate de una enfermedad común de media estación. Es sabido y se ha comprobado que esta flor responde mejor a ambientes cálidos y amistosos, lo que ayuda a la supervivencia de ella durante las estaciones más difíciles, que son el otoño, y el invierno -en gran medida el invierno.
También se ha visto que una flor de verano llegue a la primavera, pero no logre continuar con vida hasta el comienzo del verano, estación en la cual florece en todo su esplendor. Sus colores llamativos atraen a las abejas, su polen es rico y la miel sabe mejor; el perfume de la flor es preciado para las personas, que en conjunto con la belleza de sus colores fuertes, se convierte en un accesorio infaltable para jipis jipsters.
Cuando la flor de verano sobrevive el otoño y el invierno, pero se marchita en primavera y muere antes de la llegada del verano, se considera como un mal augurio para quien jardineó y decidió cuidar de la flor. El verdadero desafio de la flor de verano, es sobrevivir durante varios años. Sabemos que ello puede lograrse no con mucha dificultad, pero las flores más exóticas son las más preciadas por las personas que gustan de jardinear. Cuando una flor de verano exótica muere antes del verano, el peso de la derrota termina consumiendo a quien decidió responsabilizarse de ella. Dicen nuestros ancestros, que cuando la flor de verano muere a manos de un humano, el humano sufrirá lo mismo que la flor, y su vida dependerá de una otredad, tal cual la flor dependía antes de morir.
Si la flor de verano muere por sus raíces, el castigo se extenderá hasta que encuentre la salida en la secuencia: lograr ver una flor de verano vivir todo el año.


Me cago de sueño, me siento rodeada de oscuridad; necesito hablar pero no puedo ni quiero. Necesito congelarme por unas semanas para no sentir el paso del tiempo. 
Odio hacer daño pero a veces es lo correcto. Siempre es mejor evitar esas bolas de nieve que toman vida propia.
Borré lo que escribí.
Solo sé que sufro y he hecho sufrir, y posiblemente aquél sea el único ciclo de la vida posible. Lo que vive ha de morir; lo que es feliz ha de sufrir también. Al final, si no sufriéramos, ¿de qué forma reconoceríamos la felicidad? Es el ying del yang y toda esa basofia. La vida no es más que un código de ADN bailando constantemente entre diversidad de contextos que terminan por definirnos, sin saber que nuestra vida ya venía predefinida, como una programación con su código cualquiera. Pensar que en algún momento estamos en control de todo esto, es uno de los placebos que por bondad incluyeron en nuestra pobre y básica programación.
Independiente de todo lo anterior: espero haber hecho lo correcto.
y cualquier weá, abslutmanete cualquier weá, me abstrae a ese lugar donde no quiero estar.


lunes, 18 de septiembre de 2017

Dientes

Me impresiona cuando las personas no se preocupan de sus dientes. Me impresiona y, debo decir, me da un asco tremendo. Porque una cosa es ir al ortodoncista y "arreglar" el desorden dental, lo cual no es de mi incumbencia. Lo que me perturba es que, independiente del desorden, no se los laven. Los traigan amarillos, ya casi dorados; es como que pudiera sentir el disgusto del sarro acumulado de días y días, junto al noescafé, el cigarrillo, la cocacola... Me dan ganas de hacer charlas sobre los cepillos y las pastas dentales; el enjuague tampoco estaría mal, hay muchas personas que lo necesitan. Mi otra opción sería regalarles un pack de limpieza bucal para el cumpleaños, pero así como en secreto, porque no quiero avergonzar a nadie. Al contrario, quiero ayudarles.
Ahora empiezo a confesar que sólo quiero ayudarles porque:
1. es asqueroso.
2. no me gusta ver bocas asquerosas.
3. pienso que el punto 1 es más que suficiente para justificar cualquier resquemor hacia las bocas sucias.
Me pregunto, ¿cómo llegan a tener los dientes tan cerdos? ¿No se dan cuenta? ¿No se miran al espejo? Aunque no se tenga el hábito, llega un momento en que miras y dices "csm, tal vez debiera OBLIGARME a lavar mis piezas dentales". Me da la impresión de que no son muchas las personas educadas en salud dental; piensan que los dientes son reemplazables y que por ende valepico cuidarlos. No cachan que la porcelana ni ningún material artificial puede compararse a la calidad de nuestros hermosos dientes. Con esto digo todo: el resto del material desaparece con el fuego, excepto el oro pero ya nadie quiere tener dientes de oro. Los dientes permanecen. 
Todo lo pienso en cadáveres.
Esa fue la premisa a lo que quería contar hoy.

La otra noche me levanté disgustada. Tenía un aliento horrible a mañana, como si la comida se estuviera digiriendo en mi esófago. Lo primero que hice fue ir al baño, como de costumbre, para mear y lavarme la cara. Me detuve por unos minutos preciosos frente al espejo, a mirar mis ángulos, mis ojos hinchados, el resto de maquillaje que no pude quitar, y abrí mi boca para observar mis dientes.
Mis muelas estaban pudriéndose. HABÍA enormes cavidades, negras y hediondas, que pasaban de una muela a otra, como un gusano que hacía su casa en el interior de mi boca. Me empecé a estresar porque era probable que me tuvieran que quitar mis dientes, o someterme a una endodoncia. Sentí miedo, vergüenza; ¿qué haría yo con una boca tan repugnante? Necesitaba ir al dentista, pero un domingo nadie me daría hora. Yo calificaba la situación de máxima urgencia, pero en realidad no tenía que darle bola hasta que tuviera la solución. 
Ugh, tendré que hablar con MAsacrón para que me pague el tratamiento. Tendré que pedir hora e ir. Tendré que ir hasta el final y no abandonar el proceso a la mitad, como he hecho con todos mis exámenes este año. 
Volví a abrir mi boca para mirar mejor, esta vez con un palito para comprobar la profundidad de mis cavidades, si es que estaba comprometido el nervio. Pero en este caso mi boca se abrió más de la cuenta; se abrió tanto que mi mandíbula se embutía en el interior de mi cuello. Mi cuerpo era de plasticia, pero mis dientes no, y continúaban pudriéndose a medida que yo necesitaba satisfacer mi curiosidad e investigar las sucias, horrendas e infecciosas cavidades.

Desperté con la sensación de que soy una persona sucia. Y me puse a pensar en los dientes, en cuidar la boca. Por un momento pensé que todo era verdad y, efectivamente, miré mis dientes en el espejo. Recuerdo, hoy, que debo ir al control, que debo prevenir toda terrible situación de cavidades con nervio comprometido. Que las caries pequeñas salen baratas de tratar, y así mi boca estará cuidada como yo espero que estén. 
Quisiera concluir esta entrada haciendo explícita mi preferencia por personas que se LAVAN los dientes. Que no me interesa la posición de sus dientes, pero sí que se los laven, que no sean cochinos, marranos, agentes 100% responsables de la putrefacción de sus dientes.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Right here, right now.

Dejé todo lo que alcancé a dejar en la pista de baile.
Lo hubiera dejado todo de quedarme toda la noche.
Me encanta bailar cuando nada me importa.
En esos momentos juego a vivir y soy inmensamente feliz.
Hay corazones malditos, corazones nefastos.
No existe forma de proteger a nadie de su propia naturaleza.
Algunas tendemos a la autodestrucción.
Que así sea.

lunes, 11 de septiembre de 2017

FDS

Buenos días, querida persona desconocida. Puedo notar desde lejos que se te marca algo entre las piernas. ¿Qué llevas ahí? ¿Qué escondes en esa cara extranjera?
Caminé 100 años, 100 vueltas entre 2 librerías, para mirar y tocar y desear literatura que no podré adquirir en un futuro cercano. Me apesta pensar en el futuro; creo que odio pensar en el futuro. Es tan incierto que termino sintiendo que perdí el tiempo.
Pero me encanta soñar. Y muchas veces sueño en tiempo futuro, lo que me deja en medio de una contradicción del hoyo porque, por un lado, odio pensar en tiempo futuro, pero amo pensar sueños en tiempo futuro. Imaginar viajes, proyectos, otras instancias varias de felicidad e incluso instancias de odio máximo o peligro. En cualquier caso, siempre elijo desgarrarme de algún modo. Ya sea que mi cuerpo se parta en pedazos, o mi alma no pueda regresar a su hardware, el resultado siempre me desgarrará de un modo u otro. En tiempo futuro.
Me contradigo todos los días y en todo momento. Me contradigo en la mentira y en la verdad entrelazadas en un limbo de recuerdos no 100% fiables. La veracidad de nuestros recuerdos es tan frágil como la construcción de la heterosexualidad. Reconozco mi fragilidad; no puedo culpar a nadie más de mis intensas debilidades. Quiero ser más fuerte o al menos aparentarlo; sentir más seguido ese crecimiento empoderado del alma y el cuerpo, como me pasa cada vez que logro dominar el comportamiento de algún canino entrometido con sólo mirar a los ojos y enviar órdenes telepáticas. Lo aprendí viendo al maestro César. En verdad no sé cómo lo enseñó él, pero yo aprendí que, para controlar a un perro, debemos mirarles a los ojos. Y no vacilar. Está prohibido, o el perro parla que no tienes la fuerza y te molesta de todos modos. O te continúa ladrando mil veces peor que antes.
A la perra de al lado siempre la hago callar sin decirle nada, cuando paso por el pasaje y ella está afuera siendo una barsa. Me mira y me empieza a ladrar porque es pesá. Yo no le respondo, solo dirijo mis ojos a los suyos y pienso “no conmigo weoncita, no conmigo. Cállate.”
Ella quiere ladrar, pero algo la detiene y sus ganas empiezan a disiparse. Usualmente termina callada observándome hasta que ya pasé de su lado y dejamos de mirarnos a los ojos. Me fijo siempre en este detalle: cuando mi vista encuentra la suya, ella, como yo, me sigue los ojos con los suyos. Me los sigue hasta que ya tengo que voltear mi cabeza. Es como una lucha de gallito, esto de mirar a los perros a los ojos.
También lo puse en práctica el otro día en la plaza Condell. Estábamos en un ex escenario de plaza o algo así, muy demacrado y donde obviamente va la juventud a fumar y tomar y vender y comprar drogas. Pero a esa hora la juventud se estaba levantando de la siesta para ir a reclamar su lugar en el escenario. Mientras, nosotros queríamos terminar el cigarro que nos había sobrado del paseo y el almuerzo, así que llegamos a ese lugar. De lejos, se acercaban estos perros. Mirábamos lo que hacían, y ninguno nos iba a visitar, hasta que el típico barsa acostumbrado a pasarse de listo porque las personas no le provocan ningún tipo de respeto (lo cual comparto), subió las escaleras porque nos quería visitar. Si bien movía la cola, yo sabía que se trataba del tipo de perro que te pone la pata encima y te deja la ropa cochina… ugh, cómo detesto que hagan eso. Cómo detesto que vengan con su hediondez y además me pongan la pata encima, por muchas buenas intenciones que tengan, yo cuido mi ropa y si la voy a manchar con cualquier cosa, espero que sea culpa mía y no de un perro que pasó por encima de mí porque fui otra debilucha más del rebaño.
Así que le dije que no iba a dejar que se acercara porque era ese tipo de perro barsa. Sí, lo es.
Venía el perro con su lengua afuera, daba pequeños pasos inseguros hacia nosotros. Yo atrapé sus ojos con los míos y pensé con fuerza y determinación “vete de acá. Vete de acá. Vete de acá ctm”. El perro vacilaba y movía la cabeza de un lado a otro, nunca dejando de mirarme. Por un momento incluso intentó avanzar, pero finalmente se arrepintió de nosotros y se largó.
Los perros ladran porque tienen alguna razón. Porque le caes mal, porque no le das confianza. Los perros huelen las intenciones más profundas de las personas, y perciben sus acciones antes de que nosotras mismas sepamos qué es lo que haríamos en caso de. A mí no me ladran porque no les doy miedo. No me ladran porque no vengo con malas intenciones. No me ladran porque no les lastimaría a menos que la vida de alguien estuviera en peligro. No me ladran, pero me hacen caso, porque me respetan. Así como yo les respeto siempre y cuando no se metan en mi camino, ellos deciden hacer lo mismo. Saben que en otro momento podrían contar conmigo y yo con ellos, por eso aprendí el control de la mirada y lo practico usualmente con cada perro que veo, especialmente los de la calle; si bien los perros no son mis animales favoritos, no me gustaría estar enemistada con ellos. He criado perros como he criado gatitos. No sé qué verán los perros en mí, pero sé que comprenden el trato que les propongo cuando les miro como ellos sienten que les deberían mirar. Incluso cuando se han acercado con agresividad, no dejo de sostenerles la mirada, porque es la única forma en que me respetarán sin que tenga que gritarles o recurrir a una piedra ficticia o un palo.
Siempre digo “la forma de controlar a un perro es mirarle a los ojos. 100% real no fake”.
Con tal que eso mismo le dije cuando el perro se fue. “¿Viste lo que pasó? Lo eché con la mirada, se arrepintió de huevearnos porque con la mirada le dije que no lo hiciera y que se fuera”. Y, efectivamente, el perro barsa se fue a huevear a una banca donde había 3 personas: dos en un lado, besuqueándose, y al otro un imbécil mirando su celular. Pensamos que era un trío de amigos y que los que se besaban eran unos desubicados y el que se quedaba era un imbécil porque perfectamente podría irse a otra banca o a pasear. En verdad ejercimos un prejuicio fuerte ante estas tres personas, desde que asumimos que se conocían. Pero si no se conocían era un poco peor, porque en ese caso era más esperable que la tercera persona se fuera. ¿Por qué no se va? Qué sabíamos, solo queríamos molestar y pelar todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Comentar los atuendos, la forma de caminar, el pelo, el cuánto parlaban, el sonido que dividió la tierra y el anterior que era la tele prendida sin funcionar. Tshhh tshhh tshhhh
No encuentro la tecla suprimir en el teclado de la pina.
Estoy escribiendo más que nada para que se me calienten los dedos, pero no funciona mucho y no se me ocurre bien con qué rellenar la Dentrada. Había estado escribiendo sobre las contradicciones, sí. Sobre la mirada y los perros, sí. Sobre pelar en la calle a cualquier persona, sí.
Pero es verdad, eso de que me contradigo todos los días. No sé si lo escribí y lo dejé o si lo escribí y lo borré, pero sé que en un momento escribí que me contradigo todos los días. Empezando por odiar el pensamiento en futuro, pero soñar en ese tiempo. Y que los sueños no siempre son buenos, que casi siempre me saboteo y hago que todo salga como el pico, posiblemente porque no creo en la felicidad eterna ni en que los buenos momentos puedan extenderse de forma indefinida; hasta que la muerte les separe. ¿Qué es eso? La muerte no separa a las personas, las personas se separan solas, porque encuentran que habían idealizado a alguien, porque sobrestimaron a alguien, porque alguien hizo sufrir a alguien, porque te enamoraste de alguien y ese alguien no, porque te metiste entre medio de una pareja y todo se disolvió, porque insultaste a x persona y z se ofendió, porque te emborrachaste y rompiste una casa ajena y dejaste en vergüenza a quienes te invitaron, porque pelearon de forma que se hicieron un daño que no esperaban venir, porque no se pudo superar el dolor, porque no había pasado el tiempo suficiente, porque las personas simplemente se van porque tienen que hacerlo, y tú tienes que irte también y parar en otro planeta, conociendo a otras personas, para luego irte un poco más allá y así. Así se separan, creo.
Las personas se odian entre sí. Se odian al tanto que se encuentran forjando amor y sentimientos con el resto; se odian porque les hacen dejar de lado ciertas responsabilidades que no se pueden dejar de lado. Se odian porque se vuelven inmorales, porque dejan de respetarse, porque quieren más a otra persona que a sí mismos. ¿Es útil querer de esta forma? ¿Querer más que a tu vida? ¿Es necesario?
¿Es… real?
Me inclino demasiado a creer que alcanzar ese estado es casi imposible. Sufrimos tanto en el camino, que aprendemos a desconfiar antes que nada. Cuando no conocíamos la semilla de la desconfianza, porque creíamos que el amor y la confianza eran invulnerables y suficientes para vivir felices, era viable creer que queríamos más a la otredad que supuestamente nos complementaba. Pero cuando la semilla llegó por correo, cuando empezamos a sufrir las consecuencias de confiar sin pensar, de querer más allá de nuestra propia vida, entendimos que la confianza y el cariño son demasiado insuficientes, y que para vivir bien es necesario cultivar y cosechar la desconfianza. Es necesario aprender todo lo que se pueda de ella, y nunca dejarla morir. No podemos dejarla morir, porque no queremos volver a la ingenuidad de creer que no hay manera de desconfiar.
No me refiero a desconfianza de infidelidades; desconfianza de todo tipo, especialmente de cuànto siente la otredad por ti. ¿Sentirá lo mismo que yo? ¿Seré igual de importante? ¿Me querrá de la misma forma?
Mejor es situarse en el NO. Desconfiar de que todas esas respuestas sean positivas; creer en la negatividad y el pesimismo de la vida, para enfrentarles siempre y abrazar sus antónimos; saber reconocer cuándo es real y cuándo es un engaño.
He pensado bastante en la traición últimamente. Pienso que al ser irresponsable he traicionado a algunas personas a las que les ofrecí o prometí algo, pero como no encontré suficiente interés, olvidé que había ofrecido o prometido tal cosa. Fácilmente estas personas a las que comprometí, pueden pensar que les traicioné, pero no era lo que estaba buscando. No a propósito, al menos. De otro modo, también me traiciono cuando me reprimo sola. Cuando hay algo que quiero hacer o decir o sentir, pero no me dejo por una razón social que, en realidad, debería valerme pico molido. Las personas son importantes en un conjunto, en el sentido de que son como yo y nada puede cambiar eso. Estamos hechos de más o menos lo mismo, independiente de que algunas tengamos menos o más vidas que otras. Me importan, sí, pero no me importa tanto lo que piensen. Al final, lo importante es lo que digan, cuándo lo digan y cómo lo dicen; lo que piensan es un misterio y no me interesa saberlo y ni siquiera pensar que sabré lo que han pensado, ya que es imposible y al final es también una pérdida de tiempo. Así que no debería reprimirme y traicionarme porque x pensará z sobre mí. Para no caer en mi propia traición, que es mi censura y por ende muerte de mi individualidad, carácter y personalidad, debo recordar que “lo que piensen es un misterio que no se puede resolver”. Lo sé.
Lo sé porque he estado ahí. He estado ahí, pensando x sobre z sobre r, y mis pensamientos pueden ser desde una conversación en la cual dijo tal weá, hasta imaginarme garchando a x, z y r, ya sea conmigo o entre elles o con cualquier persona. Y no por eso les diría “ah, eres imbécil porque hiciste eso”. A veces lo hago porque de verdad lo creo, pero en general, pienso que es tema libre el qué quieran hacer, cómo y cuándo, siempre que no estén dañando vidas ajenas y cultivando el sufrimiento para cosechar odio y miedo.
Finalmente, quiero referirme al miedo de perder a las personas. Este año he conocido gente, sí, pero al final más he perdido que “adquirido”. Sobretodo cuando me encariño con las personas, es que deciden largarse o alejarse de mí por alguna razón que, obviamente, respeto mucho. Y les respeto de verdad, desde lo profundo de mi partido corazón; porque ustedes me lo revientan. El respetar sus decisiones no significa que no sean dolorosas. El empezar a conocer a alguien e ilusionarse con la persona que va saliendo, a medida que salen algunas capas; el poder ir satisfaciendo mi curiosidad de conocerles, saber quiénes son y POR QUÉ SON… ¿para que se vayan? ¿para finalmente no saber nada?
Me revientan las personas. Me revientan porque se van sin siquiera morirse. Desaparecen estando en la misma ciudad, en los mismos grupos sociales. Me apesta ese olor a podrido que aparece cuando les recuerdo, de sentirme dejada de lado, a pesar de estar segura –en ciertos casos- de que no hice nada malo. De llegar a culparme porque me pasa muchas veces seguidas. De tener miedo, miedo real y latente, a llegar a encariñarme porque, OBVIO, se va a ir. Como sea, se va a ir. Una vez que me encariño con alguien, ya lo sé: le perdí. Les he perdido porque les he querido. Y ya no le tengo fe ni a mí, ni a la vida; mucho menos a la amistad ni el romance. Tengo un terror que me aflige porque no me deja expresarme. No QUIERO ser cariñosa; no QUIERO demostrar cariño de ningún tipo. DESEO poder ser más fría y lejana al mundo, aunque me aleguen porque “no abrazo mucho”. No soy de abrazar, no soy de actuar: soy de hablar. De DECIR.
En mi última contradicción, me encuentro queriendo sin poder querer a nadie. Encariñándome sin expresar, porque temo perder a esas personas. Temo que esto me siga pasando y eventualmente no pueda continuar conociendo gente que me interese de ningún modo. Porque esas son las personas que más duele perder, las que disparan mi curiosidad, el interés, las que acaparan mi atención, las que me emboban de repente, de las que puedo aprender, con las que puedo compartir absolutamente todo, de las conversaciones sin censura… de…
No quiero decir de dónde proviene todo esto, pero si ud me conoce, ya sabe en qué momento comenzó el ciclo. No sé cómo romper esta maldición; no sé dónde iré a parar. Lo único que puedo reconocer abiertamente, es que quedé genuinamente cagada y de ninguna manera me volveré a atrever a tirarme a ninguna piscina. Por muy llena de agua que se vea, no meteré mi cuerpo hasta saber que no es una trampa visual. O tal vez sería mejor romper mi cuello de una vez por todas.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Sueño 2

Anoche soñé con uds nobles personas. Con uds nobles personas y un oasis con un manantial glorioso, donde las aguas brillaban reflejando las magníficas estrellas de un cielo despejado, totalmente de ensueño. Tal vez porque era un sueño, todo era tan feliz.
Había de ese calor nocturno, luciérnagas y grillos viviendo su luz y su música. Odio encontrarme con grillos, pero escucharles no me da miedo.
Nos rodeaban enormes arbustos de bambú, tras los cuales aparecía un camino de ripio, precisamente el que usamos para llegar en un auto cualquiera. Fumábamos y bebíamos celebrando la vida, el intelecto y las artes; el arte de lo hermoso, el arte de lo horrendo, el arte de amar y de odiar; el arte de las bromas y el bullying de carrete. Todo era armonía y felicidad en perfecto equilibrio con la naturaleza. La luz de luna y el calor nocturno reconfortaban y potenciaban la calidez que brotaba con las drogas y el alcohol.
Había llegado mi hora y tenía que irme. Me despedí con mucho amor, tomé mis cosas y caminé hacia el camino de ripio. Sin importar nada, tenía que irme a pata a donde fuera que debía llegar, pero un sujeto curioso me llamó cuando me alejaba de todo, justo en el instante en que comenzaba a dejar atrás la emoción de la perfecta armonía.
Tenía que decirme algo; salió corriendo a mi encuentro. Solo con su llamado se disparó un calor en mi abdomen, que se extendió por mi cuerpo hasta llegar a mis mejillas. Suerte que la luz de luna no permitía que se notase.
¿Qué onda?, pregunté cuando volví a su encuentro, llevada por mi curiosidad e impaciencia.
Me empezó a hablar puras weás. Se movía como una persona ansiosa que reprime alguna mierda en su podrido interior. Yo, con una sonrisa falsa de "qué paja este weón, por qué es tan imbécil y me llama para hablarme estupideces y mostrarme memes, sabiendo que tengo que irme".
Le escuché unos minutos con la fingida sonrisa y le dije "bueno, qué bacan (al respecto de sus bromas estúpidas). Tengo que irme, adiós".
Quedó quieto y en silencio. Extendió su mano hacia mí sólo para hacer un movimiento estúpido y guardarla en su bolsillo. Desencantada y decepcionada de no enterarme de nada interesante, de no haber satisfecho mi curiosidad por saber qué tenía que decirme, di media vuelta un tanto enfadada y me largué caminando rápido.
El resto del sueño todavía no logro recordarlo bien. Solo entiendo que la estupidez y máxima imbecilidad, habían sido dejadas atrás.

jueves, 31 de agosto de 2017

Sueños

Tuve un sueño terrible anoche, donde sus protagonistas principales eran el Enzo y el Diego. Sucedía en 2 casas gigantes vecinas, la más grande era del Diego y la más chica era la mía. Había alcohol, sangre y lágrimas por doquier. Me acuerdo de esa sensación de desastre que dejaba el aire más tenso que mis músculos que evitaban llorar. 
Estaba el Enzo en una silla, rodeado de botellas -de vodka, me parece. Una en su mano, el resto en el suelo; con su otra mano se frotaba los ojos. Balbuceaba atrocidades varias, como gritos de horror y párrafos de desolación que partían el alma de cualquier espectador. Sentado en una manzarda, por encima de todos, pero sufriendo más que nadie. Lo veía y podía sentir su dolor, pero me preocupaba más del Diego.
El Diego estaba en la pasta más grande que alguien puede hacerse a sí mismo. Más pálido de lo normal, traía olor a alcohol desde sus uñas hasta su pelo, sangre en su cabeza y manos. Su ansiedad no le dejaba hablar, decir nada, así es que solo se alejaba de las personas que intentaban salvarle. No sé cómo ni de qué forma ni por qué, pero tenía la absoluta certeza de que se iba a suicidar. Yo sentía la pena más grande por pensar que no podía ayudarle, y que mi única forma de lidiar con la situación era llorar y no limpiarme las lágrimas de la cara.
El Diego lloraba y gruñía al tanto que se hacía daño; el Enzo gritaba de vez en cuando, levantaba la botella, se la llevaba a la boca y volvía a cubrirse la cara. Se paseaban entre la casa del Diego y el patio de la mía. Incluso mi papá salió de su camioneta en un momento, y preguntó qué sucedía.
La noche era bastante real. Tenía ese aliento a humo que cubre San Pedro, donde el cielo ni las estrellas existen y se respira ese olor asfixiante, persistente hasta la mañana siguiente. Y creo que yo también quería morirme, pero no podía unirme a la cruzada sufrida del Diego y el Enzo.
Sabía que había más personas presentes, más gente involucrada, pero nadie podía hacer nada. Me acuerdo de haber pensado y sentido la presencia de otredades, pero no las puedo reconocer. Nunca las vi.
Creo que, en la profundidad de la ñuño del sueño, ella no quería de ninguna manera que el Diego terminara de suicidarse, pero tampoco se sentía capaz de evitarlo. Como que no le apetecía hacer nada más que llorar por él y acompañarle hasta el final, de lejos porque no le dejaba acercarse (me gruñía como un ewok demencial).
En fin. La ñuño del sueño sentía muchas cosas pero no era capaz de hacer nada, o no quería hacer nada por ellos. Cualquiera de las 2 opciones me parecen probables, así es que no me calentaré la cabeza pensando en cuál era más real que la otra.
Y recuerdo un pedazo del sueño, que era una especie de anfiteatro (el de San Pedro, pero mejorado), donde bailaban ballet unas personas delgadísimas iluminadas con colores azul marino, cian e índigo. La música no la recuerdo bien, pero no acompañaba mucho la situación. Había palmeras, sí. Una concha acústica, sí. Un escenario grande, sí. Una playa cercana, como de Río de Janeiro, sí. Personas vivían la noche jugando y bailando, tomando y llorando, muriendo y preguntándose dónde iría a parar el mundo al día siguiente. Dónde despertarían ellos, ustedes, y yo.
No suelo tener sueños bonitos, pero la noche anterior la pasé mejor mientras dormía, porque había un carrete bacán en mikasa, había mucha gente querida, clases de cine con proyección en el living, marihuana y pisco. Pero lejos, la mejor parte de ese sueño en particular, era que todos se llevaban bien y se relacionaban en armonía. 
Algo que hoy dista muchísimo de la realidad.

Adiós.