martes, 21 de septiembre de 2010

A veces, luego de fumar, cervezas y cariocas, encuentro un asiento en la micro. Me acomodo al tiempo que retiro mis aparatillos para escuchar música, y a medida que busco una canción que se acomode a mis sentimientos, aparecen los recuerdos. Imágenes que mi cabeza logra reproducir de modo que no resultan tan convincentes los hechos de la realidad; lo bueno de ciertos recuerdos es que pertenecen a una película. Lo bueno de las películas es que podemos volver a verlas; así que puedo refrescar mi memoria comprando una entrada en el cine para Inception. Se me pasó tan seriamente por la cabeza volver a verla, y fue tan feliz mi memoria falsa al imaginarme viéndola nuevamente, que llegué a casa con la convicción de ir mañana a Cinemark.
Planeando la salida solitaria de mañana estaba, cuando subí un poco la ventana de la cartelera de Cinemark y apareció "The fourth kind", una película cuyo trailer me traumó de tal modo que ahora cuando siento algún sonido extraño en el patio y tengo la ventana un poco abierta, juro por mi vida que es un extraterrestre con forma de lechuza que viene a huevearme. Así que saco la escopeta que guardo bajo la cama y ¡BANG!, salen cuatro balas a romper la cortina, la ventana y la lechuza de mis pesadillas. Claro que todo es parte de mi imaginación.
Así que para ahorrarme decisiones y pensamientos varios, pido ayuda a internautas que veré mañana en la universidad o en mi casa. Unos son indecisos, otros me dicen que veamos juntos la que me da miedo, y otros me llaman camella por Inception. Y está bien, PORQUE PUTA QUE PELO LA PAPA CON INCEPTION. De hecho, hasta hace poco estaba escuchando la banda sonora. En honor a mi situación de camella es que el post se ve adornado con esta fotografía de NatGeo.
Para quien le interese, resulta que finalmente fui a hacer pipí al baño y me decidí por la película de la lechuza.
Otro dato poco interesante que quiero publicar, es que hoy en la clase de la cuadrícula 1x1 arqueológica con los tres mejores amigos del arqueólogo, le vi la raja al profesor Pedro y me dió vergüenza y pudor. A pesar de estos sentimientos tan reprochables, sentí ganas de agregar la raja a mi colección de "Homeros", "Chiles" o simplemente "rajas". Esta colección espero poder llevarla a cabo alguna vez. Todo lo que necesito es un lente con buen zoom, una cámara y las rajas del mundo.

Adios, nos vemos.

viernes, 17 de septiembre de 2010

PW

Me encanta Damaris, de Patrick Wolf.
Me gustaría poder escribir algo divertido, aburrido o interesante. PERO NO PUEDO.
Mejor pondré copiar pegar a algo que tengo guardado en word:

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Era así. Se movía de a poco en la ciudad, siempre contando los escalones, encantado con un sentimiento de culpa en caso de pisar una línea, escuchando a veces música, a veces sus pensamientos. Cualquier brusquedad en el paisaje lo sacaba de su mundo para hacerlo parecer un apurado cualquiera, un apurado que pisa las líneas, no cuenta los escalones y mira la hora. Lo que lo diferencia de ellos, lo que lo devuelve a su mundo infantil, es que al momento en que siente la necesidad de ver la hora, se encuentra con la dulce imagen de su muñeca peluda pero a la vez pelada. Al observar que no tiene reloj, sus preocupaciones por llegar tarde desaparecen, pues no hay por qué correr si sabes de antemano que llegaste tarde, o que, incluso, quizás no. No tiene la noción de saber en cuantos pasos el reloj ha marcado cinco minutos, y si lo tuviera se daría cuenta de que, en esos momentos, cinco minutos son un regalo, y no un regalo de Dios, ni del destino, sino un regalo de la buena suerte que siente que lo acompaña.

Una vitrina le muestra un delgado modelo del cuerpo humano masculino, al que, al parecer, le confundieron la cabeza y pusieron una de mujer. No, pues tiene barba; así que para ser bonito debo parecer una mujer con barba. Claro, de cara. De cuerpo no es necesario, ese mono me muestra que debería ser hinchado y con mis musculitos bien marcaditos, como ciertamente ya no creo serlo.

¡Ay, caramba! Se hizo el tiempo necesario para detenerse y comprar cosméticos, una peluca multicolor, y luego el atuendo que llevaba el maniquí de la vitrina que llamó su atención.

Ahora no sabe que continuará caminando hasta llegar a la puerta de su edificio, donde se encontrará con quien -le gustaría- fuese su amante en mejores tiempos, entrarán al ascensor y esta vez no se aguantará y enderezará su curva espalda para llegar al oído ajeno y decirle palabras obscenas que la llevan a pensar en todo el kama sutra, ella entonces le golpeará la cara con los bombones que su novio acaba de darle, con quien ha peleado antes de subir al ascensor, pues a ella no les gustan los bombones con licor, y parará el ascensor para bajarse en un piso que no es el suyo, y nuestro amigo bien lo sabe, pues viven en el mismo piso, pero no tendrá tiempo siquiera para pensarlo, pues el golpe lo dejará tan feliz, que una sonrisa de un extremo de su arrugada cara al otro lo hará recibir por coincidencia con agrado al otro vecino, quien visitaba a su amante, la vecina de tres pisos más abajo, quien entonces le contará cómo le fue, las particularidades que le llamaron la atención de ese nuevo encuentro, lo que le gustaría que hicieran la próxima vez, sus preocupaciones acerca de cómo decirle a su prometida que se acuesta con alguien que vive tres pisos más abajo, le hablará luego de su gato para que nuestro amigo termine la conversación con una pregunta capciosa, sobre si está enamorado de las dos, de una o de ninguna. Se bajará y abrirá su puerta con rapidez, solo para que el vecino se quede pensando con la boca abierta; de la impresión se cerró ya el ascensor con él adentro.

Respiraba profundamente. Reflexionaba mirando las bolsas apoyadas en la mesa del comedor, sobre si las abría o no. Por un lado, el sol que llegaba por el ventanal iluminando el plástico blanco desde atrás, haciéndolo parecer una bella fotografía que lo haría recordar su pasado, lo llamaba intensamente a abrir primero esa bolsa y no la de cartón con una marca de calidad afuera, cosa que todo el mundo que lo viera pensara que compró algo caro sin pensarlo. Porque lo saben pero no lo saben. Los resentidos piensan que es un viejo con plata, nada más.

En las enredaderas de su pasado se observa en la habitación de su mujer, unos veinte o veinticinco años atrás. Quería detener su cansancio en el atardecer de una tarde de incansable amor en una fotografía. El sol que llegaba a través del vidrio, las cortinas blancas, las sábanas revueltas y el cuerpo seductor de la mujer lo invitaban a un sentimiento tan reconfortante, que de un momento a otro se levantó y corrió a abrir la bolsa plástica blanca. Ahí estaban los cosméticos, los cuales analizó mordiendo su labio inferior a la vez que prendía el equipo de música con un estilo que sus amigos solían comparar con algo afeminado. Eso se debía a que de niño su madre lo había inscrito en clases de ballet, las cuales abandonó a los veintitrés años por un placer más grande, que era la fotografía. Igual quedaban sus vestigios de saltos artísticamente livianos y poderosos, los cuales solía utilizar cuando saltaba -literalmente- a poner música.

Primero la pinza en las cejas y -¡AUCH!- un primer grito de dolor para obligarlo a detenerse, tomar la afeitadora y cortarlas con el filo de su Gillette; se toca y se imagina como en los comerciales, donde aquellos jóvenes se pasan las manos por la barba y no sienten pelo alguno. Luego toma las sombras y con su sentido artístico de la fotografía se pinta de muchos colores, mezclándolos para formar una gama especial de tonalidades que iban del celeste al fucsia. Ahora se detiene y se pega pestañas postizas; rayos, debería haber hecho esto antes, pero no importa, pues las sombras permanecen intactas; son las llamadas ventajas de un producto caro y reconocido mundialmente. El polvo, lo mezcla y forma la crema, se corrige los granos y su piel queda lisa como la de una actriz. Hermosa, se pinta las cejas con un lápiz delineador de color café, para luego tomar un envidiable labial metálico rosa que convierten sus secos labios en unos un poco más atractivos. Se maquilla un lunar falso al lado de su ojo izquierdo y prosigue, abriendo la bolsa de marca para vestirse como el maniquí.

No acaba de mirarse al espejo y sale a la calle, con la peluca puesta y su antigua cámara favorita, la Nikon negra. Esta vez decidió bajar por las escaleras, donde tuvo que saludar a alguien que se alejó de él al no reconocerlo, y por eso perdió la cuenta de los escalones que llevaba, que eran varios. Volvió a contar y quedó en cincuenta y cinco, edad que fue celebrada hace seis años, junto a su esposa, quien estaba viva todavía. Recuerda el malestar de su leucemia, pero de todas formas se repone rápidamente y decide continuar. Está en fase cuatro, ya no hay nada que hacer. Al menos le dio tarde. Supone que es un regalo de la suerte que se lo hayan descubierto estando muerto el amor de su vida, para así contar con una rápida reunión. No tiene que ponerse triste por nadie, no tuvo hijos y sus amigos están demacrados emocionalmente por el problema de la edad.

Se emociona con ver que una banca en la plaza está desocupada. Corre como cuando practicaba ballet y salta como gacela por encima de ella. Entonces otro fotógrafo captura la imagen de nuestro amigo saltando la banca, con la cámara moviéndose desde el pecho a su lado, con las piernas perfectamente estiradas, el tronco por extraña vez recto, la cabeza triunfante mirando hacia arriba, y su corazón a punto de detenerse para siempre. La imagen queda grabada, retumba en sus sentimientos el característico sonido de la cámara, y nuestro amigo cae en el suelo sin vida, como un muñeco.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Se vienen tiempos nuevos, recién comprados y sin estrenar


A veces no te soporto. Te odio, te aborrezco, me repugnas.
A veces me dan ganas de golpearte.
Me pasa con casi todas las personas.

Pienso entonces que cómo es posible sentir lo contrario. ¿Por qué no odio siempre a esta persona? ¿Por qué siento tanta molestia si no la odio de verdad?

No creo ser la unica gente de mierda a la que le pasa. Por el momento encuentro la simple explicación de que no sé qué está pasando, por lo que me asusto y mis sentimientos se desordenan.

Así que no voy a hacerte daño, no te alarmes.