domingo, 8 de mayo de 2011

Magia e infecciones

Me pregunto si alguna vez mis vértebras acabarán por consumir la piel que las cubre, quedando sus hermosas apófisis espinosas -bifurcadas y no bifurcadas- a la vista de todo aquél que observe mi columna. Mi espalda es, en estos momentos, una molestia; por lo tanto, me he preguntado también si es que alguna vez podré utilizar la magia de la que me jacto todos los días para arreglarla.
Sería un planeta maravilloso si la magia realmente pudiera infectar le mente de otras personas; hacer que alguien me amara de verdad es la hazaña de mi vida. La vez que creí haber estado con el amor de mi vida, con la persona correcta y perfecta para mi, descubrí por los palos con espinas enterrados en mi espalda... que estaba en el lado incorrecto de la solución al problema del "amor". Hoy veo una solución, una salida inesperada, DESESPERADA, para finalmente conseguir el amor de verdad.
La magia me ayudará a convencer a este nuevo amor que yo soy la persona indicada, la persona a respetar, a estar a su lado en las buenas y en las malas -y viceversa-, con tal de extraer y entregar la felicidad y cariño que toda mi vida he necesitado, volviéndome la falta de ella en una de esas personas inseguras que por agradar a otros toma decisiones estúpidas, lo cual me frustra y me convierte en un infeliz. Era obvio que la primera persona que me mostrase algo de respeto y cariño me haría abrir mi corazón, mis entrañas y mi paquete corporal completo. El asunto es que luego me enterraron con vida.
Es una posibilidad que la magia no funcione, o que la infección no se vea dirigida hacia mi, sino hacia otra persona. Para eso he elaborado un plan B: vivir sin amor. Si no puedo obtener a esa persona que tanto desean mis reconstruidas entrañas -antes enterradas en un pantano, escapando de caimanes y anacondas para regresar a mi-, será tan simple como recurrir a uno de los grandes errores de la humanidad: el celibato. Claro que cuando es el resultado de una opción personal no me parece que sea un error, sino más bien un plan B que exige una fuerza de voluntad enorme, falsa desde todos sus ángulos; una fuerza de voluntad que no poseo ni me interesa poseer. Sin embargo, la idea en sí es buena, pues cumpliría con su deber de convertirme en una persona alejada de las relaciones humanas que gustan de invocar contacto entre epidermis de todo tipo, hasta realizar el rito de la procreación, mejor conocido como fornicar.
Me gusta fornicar... A veces me encuentro extrañando tanto el rito que cualquiera de mis manos útiles se acerca a mis genitales para acariciarlos, con tal de revivir sensaciones exquisitas de placer sexual; mejor que comer, mejor que cagar, mejor que expulsar flatulencias, gases hediondos y molestos. Claro que a veces he intentado llegar a convertir una simple masturbación en un orgasmo de lo más memorable, ¡y simplemente no me resulta!
... Plan C: acostarme en el pasto hasta fusionarme con las plantas, para así llevar a cabo la revolución de las plantas.

PD: odio el amor.

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