miércoles, 4 de mayo de 2011

Romeo, Romeo! Dónde estás, que no te veo?

Te extraño tanto, querido, amado, mejor amigo, hijo: Romeo.
Anoche, no como muchas otras, me visitaste. Estabas ensangrentado, enfermo y muy pequeño. Debes haber medido lo mismo que una coca-cola de 500 cc en botella. Curiosamente tenías la capacidad de cambiar el color de tu pelaje. Al principio estabas negro, y creí que te había golpeado una ola de petróleo. A medida que avanzaba el lavado en el lava manos de un baño misterioso, te volviste tortuga, como la Lulú. Tuviste que ser tricolor para regresar a tu forma original, con el blanco sobre el negro, o el poco negro sobre blanco. ¿Por qué estabas tan triste? ¿Por qué llorabas y sangrabas tanto? Mi corazón se rompió una vez más; no podía ser completamente feliz a pesar de descubrir que todo había sido un error, que seguías con vida; fue solo un accidente que no te impidió regresar a casa. Como siempre, te escuché llorando en mi ventana. Era una mañana soleada y entraste, como dije anteriormente, negro. Eras un gato negro.
Espero que estés bien, donde sea que te encuentres. También espero que la próxima vez que nos encontremos, estés feliz y no triste, como anoche.

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