lunes, 26 de marzo de 2012

Noche de otoño

Gotas de lluvia

Estoy cansada y excitada a la vez. Tengo sueño, los ojos pesados, el cerebro semi-dormido; la piel, sin embargo, está tibia y expectante. Espera dedos ajenos, ojalá con las uñas cortas, que la recorran. Por donde sea, qué más da si es el cuello o las nalgas. Aunque de todos modos preferiría que apretaran mis nalgas. Recuerdo el sueño de anoche, en que estaba con pantalones rojos y apretados, y él ponía su pene endurecido entre mis nalgas; lo sentía a través de la tela, y me gustaba que estuviera ahí. Me gustaba tanto que lo apretaba cada vez más contra mi cuerpo. Es algo que desearía estar haciendo ahora, aunque no tengo pantalones rojos, apretados y de tela fina. Al contrario, mis pantalones son todos desagradables. Tendría que conformarme estando en ropa interior. Y que él estuviera desnudo, abrazándome y encontrando todos esos miles de millones de puntos que se pueden acariciar -ya sea por accidente o por conocimiento previo- para mantener a punto la excitación.
Hoy no hay apuros. No hay tiempo, ni soledad. Hay deseos, ganas, luz -pero no demasiada-, depilación, relajo, tranquilidad y privacidad. Podemos estar juntos hasta que se nos quiten las ganas, o hasta que ya no sea lo mismo de antes. No queremos hacer hijos ni pegarnos enfermedades; queremos compartir placeres que todavía para algunos retontos son tema tabú. Acostados, aceptando lo que nos gusta, cómo nos gusta, con quién nos gusta, y compartiéndolo, es que llegamos a esa confianza ridícula que no se encuentra con la mayoría de las personas. No es fácil sentirse en armonía, en comodidad, estando tan expuestos frente a alguien, pero cuando lo logramos y estamos ahí, no dan ganas de dejarlo.
Para qué complicarse tanto. La castidad es una estupidez, y el amor es la comodidad de compartirse desnudo junto a otro, dejando de fingir, dejando de impresionar, dejando de ser un condicionado-por-la-sociedad. Compartiendo nuestra más atroz sinceridad.