miércoles, 18 de abril de 2012

Esos locos sueños...

Cena de grillo rojo
Me siento perseguida por esos destornilladores. Por los destornilladores enterrados entre las clavículas, donde yo era un hombre que bien conozco porque lo inventé, luchando en una torre con mis poderes mágicos de ultra-violencia. Lo primero que vi fue un destornillador, y los guardias llegaban así que debía destruirlos. Debía salvar a mi amigo, a mi acompañante que también era perseguido. Aunque, no lo negaré, el matarlos a todos fue divertido y me permitió escapar de esa horrible torre de guerra. Guerra en la playa, en una costa oscura por el gris del amanecer, curva, llena de dunas y plantas esponjosas que suelen crecer en esos lugares de arena, mar, viento y dunas. Dunas gigantes, enormes; dunas de acantilados, o acantilados de dunas.
Escapábamos como mejor lo podíamos hacer: matarlos a todos, luego huir cuando apareció el archienemigo. Su voz la reconocí de inmediato; no tuve que escuchar su horrible, estúpido, imbécil y nuevamente horrible nombre para saber que los problemas ya no eran divertidos. Después de tantos años, me había acostumbrado a reaccionar mal cuando él estaba cerca, y luego de la última vez que lo vi, simplemente sentía ganas de atravesarle el cuello con ese destornillador. Pero no podía porque eso pondría en riesgo la vida de mi amigo, la cual aprendí a valorar más que la mía propia. Por asuntos de interés, por supuesto. Las únicas vidas que valoraba más que la mía, están todas en mi retorcida y exagerada memoria.
Bien, como iba diciendo, escuché su voz y dejé de insistir en escapar. Seguro que llegarían refuerzos y nos pisarían los talones. Además estaba con su esposa y no tenía ganas de volverla a ver.
A ella, cuando la conocí, me pareció una posible mujer atractiva en cuanto tuviera acceso a un poco de fuerte alcohol. Pero más tarde descubrí que no era más que una estúpida que andaba inventándose embarazos para dejarme como un tipo fértil, cuando en realidad no lo soy.
Pero es más importante salvar a mi amigo. A ese que dice que no es mi amigo, y de hecho noto que le desagrado. A él, tengo que salvarlo. Porque podría servirme para algo importante que tengo en mente. Sé que no me equivoco al pensar en reclutarlo.
Así que cogimos el auto, lo obligué a que manejara lo más rápido posible, pero el muy idiota olvidó cargarle combustible antes de juntarse conmigo. ¿Por qué esas máquinas siempre dejan de funcionar cuando más las necesitamos? Si no volaba era cuestión de tiempo que nos encontraran huyendo, sobretodo porque la máquina levantaba arena, dejando un rastro muy notorio para nuestros enemigos.
Vi una cueva entre una de las gigantes dunas, y le dije que dejáramos el auto andando cuando en realidad nosotros estaríamos escondidos ahí, pero había tantas balas que deseábamos evitar, que claramente no me escuchó, y...

Ese destornillador, que esta vez era un pequeño cuchillo. De cocina. Cambió el destornillador por el cuchillo de cocina, el cual insistía en clavar entre las clavículas de los guardias, que en ese instante lamentaban tener tan importante sector al descubierto. Qué armaduras más inservibles.

Anoche no fue un destornillador, ni un cuchillo de cocina. Anoche fue un cuchillo con un filo de katana, grande, el cual tuve que empuñar en el estómago del padre de alguien, luego de haber estado muchos minutos golpeándole la cara mientras se reía de mí. No podía hacerle daño. Pero su hijo había hecho daño a alguien, eso lo sabía. Así que el cuchillo encontró el costado de su gelatinosa piel. Lo hundí por completo, y fue blando y rápido, como nunca pensé que sería apuñalar a alguien. Asombrada de hasta donde era capaz de llegar esta noche, lo retiré y lo dejé morir. Ahora sólo debía deshacerme del cadáver, y pensar que ojalá estuviera 1 año en la cárcer de la India, por haber sido en defensa propia, cuando la realidad era que lo maté por venganza. No recuerdo por qué. Pero en ningún caso estaba arrepentida.

jueves, 12 de abril de 2012

Lo sé

Anoche lo supe.
Hoy desperté, y seguía sabiéndolo.
Leí, así que lo olvidé.
Jugué, y seguía olvidado.
Me levanté, y lo recordé.
Me duché y lo seguía sabiendo.
Improvisé en la ducha, al respecto de lo que supe.
Hablé sola en mi pieza, sobre eso.

Ahora estoy sentada, sabiéndolo.
Integrándolo.
Aceptándolo.

En fin, hay cosas peores.

domingo, 8 de abril de 2012

Imbéciles

Me enferma que, aunque todos estemos caminando sobre un tejado quebradizo de delgado vidrio, algunos se crean perfectos.
Por favor... eso está bien para los pendejos.
Al parecer, es mal visto que uno acepte sus defectos. Cuando lo hago, siento que el resto me ve como una mujer débil, pesimista, que no quiere "solucionar" o "reparar" sus defectos. No me interesa arreglarlos, me interesa vivir con ellos. Aceptarlos, y dejar de imaginar que algún día podría mejorar ese defecto, de tal modo  que se convirtiera en una hermosa y maravillosa cualidad. Habilidad. Talento. Lo que sea.
Además, bien poco importa lo que piense el resto sobre lo que hacemos. Yo no digo que tengo algo defectuoso porque otra persona me lo haya dicho -exceptuando la peludez-; lo digo porque no cumple con mis expectativas de la habilidad, cualidad, talento. Entonces me dicen "pero si lo haces bien", y respondo: no lo hago bien. Lo hago mediocre, lo hago mal. No tengo el talento. ¡¿Y QUÉ?!
Por qué es tan terrible hacer las cosas mal. Todos hacemos todo mal. Lo único que se hace bien en esta sociedad, es cagarse a los demás, o ascender en la pirámide de las jerarquías abusivas que nos vuelven enfermos y terminan obligándonos a odiar lo que somos. Porque no servimos para ascender-en-la-vida, porque nos estancamos en nuestras preguntas, porque conversamos con otros y nos roban ideas, porque tenemos ideas que no podemos realizar, porque somos INSUFICIENTES para lo que la sociedad  cree que "necesita". O, mejor dicho, lo que les enseñaron a necesitar.