domingo, 13 de mayo de 2012

El innombrable entre las rocas

Esto sucedió en un hogar. No era un hogar normal, pues estaba construído entre ruinas que se mezclaban con picos enormes de roca que salían del mar. Como acantilados puntiagudos con construcciones de antiguos humanos. Dónde queda, no lo sé, pero ahí estaba.
Al principio me encontraba junto a un anciano. Un vecino del hogar, cuyo departamento tapó con concreto, pisos y paredes, luego las pintó de blanco. Su paso final fue llenarlo de alfombras. Dejó lugares secretos con colores pintados, ya que su ritual que tanto lo excitaba consistía en remover con las manos las alfombras; de las paredes, del suelo. Cuando se encontraba con ese blanco metálico, chillaba de emoción y luego gemía de excitación. Algo tenía que ver todo eso con su fallecida esposa. Yo recién estaba llegando así que muy poco sabía de él, aparte de que era raro.
No recuerdo por qué, pero estaba pasando toda una tarde quitando alfombras y volviéndolas a colocar, junto al anciano divertido, intentando hallar aquéllo que tanto lo excitaba. Pero en vez de eso me encontré con una lámpara y luces de navidad. La lámpara asemejaba un corazón del tamaño de una cabeza, y cuando se encendía se marcaban sus arterias y venas. Me pareció tan hermosa y asombrosa que me la puse en la cabeza, tomé las luces de navidad para enredarlas entre mis cuerpos, y le comenté al anciano que era la reina ensangrentada de las luces. Él no podía parar de reír y sacarme fotos. Luego me invitó a su reunión semanal de "raros". No pude comprender a qué se refería, pero por ser nueva en esa ciudad, tenía que asistir para tener conocidos.
En ese sector del edificio donde llevaban a cabo su reunión, brillaban las sillas metálicas y las baldozas negras lustradas recientemente. Nos sentamos en círculo y comentamos algo raro que hacíamos, algo que fuera mal visto por el resto de la sociedad. A nosotros nos causaba gracia, aunque tengo que admitir que no era capaz de sentirme dentro del grupo. No era un mujer rara, no tuve nada para contar en mi primera reunión.
Luego había que sentarse a la larga mesa de raros, que nos esperaba con una lujosa cena que todos podrían envidiar. Era un bufete de alimentos cocinados con técnicas poco comunes, con acompañamientos desconocidos y alcoholes que nunca antes había probado. Valía la pena ser rara en esa ocasión.
Me tocó sentarme frente a un raro muy atractivo. Tenía ojos azules, la mandíbula cuadrada y masculina, una barba prominente y castaña clara, y un pelo corto más castaño que rubio. Le comenté que podría aparecer en una estúpida película de superhéroes con Ben Stiller, donde él sería el Capitán Asomobroso (Captain Amazing), y le pareció bastante divertido que lo encontrara parecido a ese actor. Coqueteamos un rato y luego me fui al hogar, junto al anciano. 
Cuando llegamos estaba un poco ebria y feliz, y pensaba en el Capitán Asombroso. Pero la gorda bigotuda que administraba el hogar se me acercó para decirme que, ya que me sobraba una habitación en mi departamento, acogería a un compañero para mi. Le pregunté acaso podría elegir a alguien, pero se enojó y contestó secamente que sería "AL AZAR". Eso me quitó la felicidad pero no la borrachera, así que cuando llegué a mi cuarto tomé el teléfono y llamé a la única mujer que conocía en esa enorme ciudad. Ni siquiera recuerdo cómo la conocí. Conversamos y quedamos en que saldríamos la semana siguiente.

Así sucedieron un par de días normales, trabajando, visitando a mi anciano vecino para ayudarle a quitar las alfombras para volver a pegarlas.
Hasta que llegó mi compañero de cuarto.
Estaba leyendo tranquilamente en mi cama cuando escuché que la gorda bigotuda gritaba en el pasillo cosas comunes, como que hacía frío o que el mar tenía la marea extraña últimamente. Me incliné para poder ver la puerta de entrada, en el estrecho pasillo blanco. Escuché que metía la copia de mi llave que la gorda bigotuda me había pedido, y abría como si fuera su casa. Y de ahora en más lo era. Estaba obligada a compartir mi lugar con ese extraño. Cuando entró no vi más que un gran bulto negro que traía otro bulto negro parecido a un bolso muy largo, el cual arrastró hasta el cuarto vacío. Ni siquiera tuvo la decencia de saludarme. Escuché que se encerró en su cuarto y deseché de inmediato la idea de que tendríamos una buena convivencia. ¡Qué hombre más imbécil!
A la mañana siguiente supe su nombre innombrable. Al parecer se levantó de buen humor, pues me saludó con cortesía y me pidió que le enseñara el balcón. Lo llevé para que examinara el lugar. Nuestro balcón, a mi parecer, era el mejor del hogar. Estaba en lo más alto de entre los picos, y se fundía de inmediato con las ruinas de los antepasados que habitaron ahí y tallaron sus casas en esas rocas tan duras. De hecho, nuestro balcón era la parte de una casa. O quizás era un balcón de los antepasados...
Recuerdo su cara maravillada. Le brillaron los ojos grises; entonces saltó. Estuve a punto de gritar de horror, cuando lo vi escalando y haciendo piruetas entre las ruinas. Subió a lo más alto del pico, se equilibró en una saliente y me observó. Estaba asombrada de su habilidad felina para escalar y hacer ejercicios, ¡especialmente porque se trataba del lugar más irregular posible como para hacer todo eso!
Bajó dando varios saltos que si yo hiciera me partirían las piernas, y regresó al balcón. Me contó que había llegado al hogar porque le habían recomendado que hiciera sus piruetas entre los picos gigantes de piedra. Me dijo que exploraría todas y cada una de las ruinas. Al respecto le comenté que a la mayoría de las ruinas no se podía llegar, que era imposible, incluso para alguien con una habilidad de mono/gato como él. Miró el horizonte y sonrió; noté en su boca y ojos que le había encantado el desafío, e inconscientemente me sentí terriblemente atraída hacia él. A pesar de ser pálido como una nube, de casi no tener color en los labios, donde su piel contrastaba con un pelo medio largo negro carbón, y ser flaco como anoréxico, algo tenía. En realidad, algo tuvo luego de que lo vi entre las rocas.
En la tarde dijo que tenía trabajo hasta tarde y se largó. Yo terminé de arreglarme para salir con mi amiga.
Fuimos a un bar. Ella trajo consigo a 2 amigas más, que eran bien simpáticas. Cuando invité a mi cita al hogar, al llegar la noche, me comentó que ellas vendrían también. Estaba borracha así que no le di importancia. Pasamos a comprar botellas de vino y continuamos con nuestro camino al hogar. Por suerte no estaba la gorda bigotuda para molestarme, pues le molestaban las mujeres atrevidas como ellas. Simplemente no las podía soportar.
Continuamos bebiendo y no recuerdo cómo llegué a la cama con mi amiga. Recuerdo que me estaba besando los pezones, tanto que notaba cómo quería comerlos. Estaba desnuda encima mío, masajeando mi clítoris, cuando me puse a pensar en él. Ella dijo que lamentaba no tener algo para meterme. Claramente algo había notado en mi lenguaje corporal. Nos comenzamos a besar, a ver si volvía mi deseo por ella, cuando sentí que se abría la puerta. Las otras chicas, que estaban en la cocina, escuché que alegaban que había entrado un intruso. Me despegué de mi amiga y le expliqué que tendrían que marcharse, pues ya no vivía sola y no tenía una pieza para las otras dos mujeres. Ella comprendió y se vistió para marcharse. Yo me puse mi bata y las acompañé hasta la puerta. En el pasillo estaba él, observando la situación y la borrachera de esas tres atrevidas damas. Mi amiga, al llegar a la puerta, dio media vuelta y le dijo que era muy guapo. Que le habían gustado sus ojos grises. Me volví a despedir con la mano, ellas rieron y se largaron.
Saludé al hombre innombrable. Él me miró de pies a cabeza, me acarició el pelo y continuó a su habitación. Quería seguir emborrachándome, así que me serví más vino y salí al balcón a mirar las estrellas y el mar que brillaba por ellas. De la nada estaba él a mi lado, con el tórax desnudo y unos pantalones apretados. A pies descalzos y con las manos empolvadas, saltó nuevamente y se sumergió entre la oscuridad de las rocas. Lo observé hasta que se perdió. No lograba comprender de dónde sacaba la fuerza para balancear su cuerpo como mono, siendo tan delgado.
Me dieron ganas de tener sexo con él. Pero no iría a buscarlo en ese peligro; significaría mi muerte. Mejor me rendí y continué la velada hasta mi habitación. Mi cama de dos plazas era un desastre. Estaba toda desarmada y mi ropa tirada por todos lados. Me miré al espejo y noté un maquillaje corrido por toda mi cara, no sólo mío, pues por mi mejilla, labios, cuello y pechos se distinguía el labial de mi amiga. Sí que era de buena calidad, para pasearse por mi cuerpo dejando una marca tan visible. Me acosté destapada. El calor de la noche era soportable, especialmente gracias a la brisa marina. Escuché el mar hasta que me quedé dormida.
Desperté sobresaltada. Noté el color gris/azulado que traía el amanecer. Él me estaba mirando. Veía en el movimiento de su pecho que estaba agitado. Su respiración era muy fuerte, y estaba sudado. Seguro había estado toda la noche dando vueltas por ahí. Lo invité a acostarse conmigo, pues seguía borracha. Él se inclinó para besarme y sentí el salado sabor de sus pálidos labios. Eran exquisitos. Lo invité a acercarse más, a tocarme más, pero cuando estaba arrodillado en la cama no tenía una erección. Continuaba observándome con esos ojos brillantes. Me rendí de seguir intentando que se levantara su genital, y me sentí como una desgraciada poco sexy. Me levanté de la cama para ir al baño y él me tomó entre sus duros brazos. Sí que eran duros, y fuertes. ¿De qué músculos podía salir tanta fuerza? Me llevó hasta el balcón y grité porque sabía que saltaría conmigo en brazos. Podía ver la muerte llamándome, ahí abajo entre las rocas, pero en vez de saltar caminó hasta un rincón que nunca había visto, bajo el balcón, donde descansaban unas escaleras de piedra, escaleras que pertenecían a nuestros antepasados. Él continuaba desnudo, me rompió la bata y de la nada despertó ese hombre apasionado y sexual que había visto saltando entre las rocas. Y sí, en ese lugar finalmente su pene se endureció tanto que explotó dentro de mí. Tuve un orgasmo a pesar de las rocas clavándose en mi desnuda espalda. Fue tan largo y brutal, que terminé exhausta de gemir y sudar. Él me tomó entre sus brazos y me llevó a la cama. Me besó en la frente y se largó a su cuarto.
De ese modo descubrí que sólo podría tener sexo con él entre las rocas. Era necesario para mí beber unas cuantas copas de vino antes, pues la verdad es que me dolía el cuerpo cuando me apretaba contra las afiladas y frías piedras. Siempre me buscaba antes del amanecer, o en la madrugada, y me llevaba a un nuevo lugar entre las rocas. Luego cambió de parecer y cuando tenía un día libre y me veía leyendo en mi cama, le tomaba en medio del día y me llevaba a cualquier lugar, desnudo como siempre. Y yo tenía que comprar batas prácticamente todos los días, hasta que decidí que me llevara desnuda. Así no gastaría tanto dinero en batas inútiles que rompería con sus manos de escalador y acróbata.
Me olvidé de todo. Me olvidé del vecino anciano con sus alfombras, del Capitán Asombroso, de mi amiga lesbiana, de sus amigas, de la ciudad, del trabajo. Me olvidé de toda la vida que no fuera tener sexo con el hombre innombrable, que no podía dormir conmigo pero me paseaba casi todas las noches por las rocas. Y todos los días.
Incluso cuando llegó la temporada de turistas, que visitaban a menudo las ruinas accesibles y que no representaban un peligro para nadie, él me tomaba en brazos y como una mochila me llevaba a un rincón nuevo entre las rocas para que tuviéramos sexo. Lo lamentable era que me gustaba tanto que me entregaba a él como una esclava. No me interesaba conocerlo. Casi no conversábamos, pues lo único que hacíamos era entregarnos placer. Aunque pudieran vernos los turistas, y sucedió más de una vez.
Pasó el tiempo y llegaron días raros. Días en que la marea se convirtió en una traicionera. Había unas ruinas muy frecuentadas por turistas que estaban casi al nivel del mar, y sucedía a menudo que esas mareas traicioneras las tapaban de una hora a otra, especialmente al atardecer. A veces él me llevaba a una saliente de uno de los picos desde donde podíamos observar lo rápido que la marea subía, de un momento a otro. Él me comentó que deberían cerrar esas ruinas al público, o alguna vez alguien se ahogaría si no alcanzaba a salir de ahí. Le contesté que eso era imposible, ya que el acceso a las ruinas se cerraba mucho antes del atardecer, precisamente a causa de esas estúpidas mareas. Él no contestó.
Entonces finalmente sucedió. Primera vez que regresábamos a un mismo lugar, y fue precisamente aquél donde vimos cómo se tragaba las ruinas la marea traicionera. Era hora de almuerzo y los turistas estaban como locos sacando fotos desde esas ruinas bajas, las más bajas de todas. 
No sabía por qué me había llevado hasta allí. Observábamos callados el andar de los turistas, luego de haber tenido sexo. Ese día estaba especialmente plagado de viejos, acompañados de sus prehistóricas cámaras para salir sonriendo junto al hermoso paisaje de picos, ruinas, mar y cielo. Como nunca antes, la marea comenzó a subir. Rápido, tan rápido, que la gente comenzó a gritar y correr. Solo un anciano con mala suerte que se estaba sacando una foto sobre una de las rocas, se vio sin saber donde ir, parado donde estaba, rodeado por aguas molestas, traicioneras, violentas, que se sacudían con fuerza contra el resto de las ruinas y rocas. Los demás habían logrado escapar. Yo estaba sobresaltada observando al pobre viejo, seguro el agua se lo tragaría. Él se disculpó conmigo y se lanzó al mar. Nunca había visto un piquero tan certero y perfecto como aquél. Ese hombre era todo lo que imaginaba en los antepasados que construyeron esa ciudad entre acantilados. Me quedé sola en lo alto de la roca, mirando cómo nadaba hasta el viejo. Vi que corrió hasta él, logró tomarlo del brazo y una poderosa ola los golpeó contra la roca. Ahogué un grito. Pude ver la sangre en el agua, y la gorra del viejo flotando. Comencé a llorar desesperada, necesitaba volver a mi hogar y no podía salir de ahí.
Estuve unas cuantas horas esperando, observando la aglomeración de humanos que se impresionaba con la altura de la marea. Ellos estaban frente a mí, pero lejos. Los cuatro enormes picos de rocas estaban unidos de algún modo al resto del continente, a excepción de uno, el quinto. Se decía que nadie conocía ese pico, y nadie quería hacerlo. Era comprensible, pues a veces desde el balcón veía cómo las olas lo golpeaban con todas sus fuerzas, como si quisieran destruirlo. Derrotarlo por estar separado del resto de los picos. Yo estaba en uno de los cuatro. Precisamente al que llamaban el cuarto pico, frente al acantilado donde estaba construído el hogar, y la mayoría de las ruinas también. Sobre el acantilado estaban las personas. Noté cuando me vieron. Porque yo les hacía señas para que lo hicieran. Por suerte llevaba puesto un vestido blanco y no estaba desnuda ese día. Esperé durante horas a que llegaran a rescatarme; la policía fue tan eficiente que envió un helicóptero para que me llevara donde estaba el resto de la multitud, que en efecto era el lugar más cercano donde podría aterrizar. Querían llevarme al hospital pero me negué; era más importante que les contara lo que había sucedido con el viejo, y con mi pálido amante. Eso conllevó a que se iniciara una búsqueda de los cadáveres. Estaba destrozada.
Estuve mirando hacia las rocas durante el resto del día, esperando que apareciera. Traté de aguantar toda la noche pero caí dormida en el frío suelo de roca. A la mañana siguiente falté al trabajo, me preparé un café espumoso, intenté descansar en la cama, pero no lo logré. Salí al balcón para ver si aparecía.
Estuve todo el día ahí, protegiéndome del fuerte sol con una sombrilla. No quería quemarme para estar adolorida tanto por dentro como por fuera. Y lloraba; constantemente lloraba, como si eso fuera a traerlo de vuelta.
Ese día decidí ir al acantilado, frente al cuarto pico, donde me encontraba el día anterior, cuando desapareció, para ver el atardecer. Ahí había un contingente de policía de búsqueda para el viejo y mi amante. Me hicieron varias preguntas sobre ellos, pero sólo podía hablar por mi amante. Les conté cómo pareciá que volaba entre las rocas, y se burlaron abiertamente de mi. Dijeron que estaba loca, y me preguntaron una y otra vez cómo mierda había llegado hasta el cuarto pico. No querían creer que un pálido anoréxico me había llevado hasta allá, como una mochila. Enojada y frustrada, miré hacia el quinto pico. Y lo vi.
Estaba en lo alto de la puntiaguda roca, de pie y con la espalda apoyada. Como descansando. Mi corazón dio un vuelco, y les pedí a todos los imbéciles policías que por favor lo miraran. Lo vieron. No se explicaban cómo había llegado alguien ahí; yo sí podía explicármelo, aunque de todos modos me costaba creerlo. Estaba con los ceñidos pantalones blancos que usó el día anterior, cuando se perdió, y el torso desnudo. Estaba tan quemado por el sol que desde mi posición pude distinguir sus brazos rojos como cangrejo, su tórax y su cara, todos hirviendo. Supuse que moriría por insolación.
No supe qué pasó después. Aquélla fue la última vez que lo vi.









3 comentarios:

Jimena dijo...

La zorraaaa! Me encantó!! Ojalá tuviera sueños sexuales así de bacanes.

Anónimo dijo...

Me encanto lo que escribiste esta super bueno, me gustaría mucho leer el desenlace alguna vez.
te felicito aunque me dio celos
jajajajaj

besi mi amorcito

Jorge dijo...

La zorra, creo que nunca podré relatar un sueño así si es que lo tuviera, por que se me olvidan y terminan siendo una weá fome y simple.
Bezo