sábado, 9 de junio de 2012

Perder la confianza

Hasta hace un par de días, admito que creía en las personas. Especialmente en esas personas a las que uno les cuenta cómo se siente. 
Creía que les importaba, y por eso les decía. Pero ayer me di cuenta de cómo es la realidad. Las indirectas sirven tan poco como cuando se dice directamente; el resultado fue el mismo. Sentirse mal no es suficiente para que te acompañen. Sentirse mal es suficiente para seguir sintiéndose solo y peor. Todo es importante y sin embargo no podemos hacernos cargo de ese TODO. Estamos vacíos y, lo que es peor, estamos solos. Estamos solos aunque pedimos a gritos compañía, con indirectas porque tampoco queremos andar molestando al resto de los humanoides. Es cierto que todos tienen algo mejor qué hacer. Mejor que acompañar a una persona triste. Que si estuviera en condiciones normales no estaría pidiendo compañía de nadie.
Pero la pedí. La vengo pidiendo hace semanas y no entiende. No quiso entender, y al respecto inventó que sí estaba conmigo cuando en realidad sigo sintiendo su ausencia, y me duele tanto que no puedo parar de sentir un ahogo en el pecho, que se extiende a mi estómago y evita que coma tanto. Pero no comer tampoco es bueno, porque significa que estoy demasiado triste como para alimentarme. Estoy demasiado triste como para cuidarme.
Y al final, nunca le importó. No le importó cuando le conté. No le importó cuando le llamé. No le importó cuando le puteé. Ni le importará cuando decida quedarme más sola.
No culpo a nadie al respecto. Pero no quiero quedarme callada sin antes haber publicado esto. Ya no me gusta publicar mierdas cuando me siento mal, pero me agrada la idea de que alguna vez lo sepa. Aunque supongo que aunque lo lea nunca lo sabrá, porque siempre serán tonterías mías de persona descerebrada.
En fin, ya nos veremos.

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