domingo, 19 de agosto de 2012


Empieza así:
Ves los créditos del comienzo, son letras blancas, nombres, que aparecen en un fondo negro para contrastar y obligarte a leer. Apenas uno se va, el otro ya está; trabajaron en esto y merecen que sean leídos por ti. La música es de cuerdas lentas y melancólicas. El cambio  resulta drástico para el oído humano; los violines se violentan en contra de los contrabajos, el cello se refugia en su búnker individualista para no mezclarse con ninguno del resto, mientras que la viola toma el papel de salvador, intentando que hagan el amor y no la guerra. Pero el desorden ya está, y tu cabeza se consume entre nota y nota, sin poder dejar atrás esa melodía strawinskyana.
En cuanto la música cambia, las letras y el fondo negro también desaparecen, cual rayo en el cielo oscurecido. Todo queda oculto hasta que la imagen de un hombre de unos treinta y tantos años bajo la lluvia que parece ducha, y bajo la noche también, te llama a mirar la pantalla con más entusiasmo. Se enfoca su cabeza en un ángulo perfecto, que te muestra justo lo que quieres ver: el omóplato coordinado con el impulso de los brazos al momento de correr, la mano izquierda del hombre empuñada, subiendo y bajando, el cuello sudado y bañado en sangre, las mejillas tensas y la boca abierta, recibiendo cada respiro como el último causante de ayudar a la máquina humana en su corrida. Los ojos desorbitados, parpadean con cada gota de lluvia y de sudor que osa molestarlos, y las cejas fruncen un ceño de cansancio inevitable. No puede detenerse.
Sabes que corre a un fin, pero no cuál. Por el sudor en su rostro y cuello, infieres que ha corrido largo rato. Lo que no sabías está a punto de aparecer, cuando un acercamiento tecnológico envidiable por quienes no tienen el presupuesto necesario para hacerlo te obliga a posar tus ojos en una gota de sangre que baja desde la frente, en cámara lenta, hasta su ojo. Pasa por la ceja para nublar el ojo, pero éste se cierra.
Desearías comprender mejor la situación, mas la porquería se puso tediosa, así que te rascas la nariz, acomodas un poco mejor la posición de tu pelvis en el sillón, te sacas los zapatos, te vuelves a acomodar, y ves que acaban de terminar de aparecer los subtítulos que traducían un cartel en ruso, papel importante que jugaba en la escena. Era vital para comprenderlo todo, y lo sospechas porque la única palabra que alcanzaste a leer fue “final”. Todo director que pone algo así, pretende que te enganches para conocer cómo llegó el personaje hasta ahí, y qué pasará luego de que tú ya comprendas el significado real del cartel. Pretendes no aburrirte, así que continúas observando.
Mucha nieve, una cabaña igualita a la que querían sus padres para hibernar. Le causa gracia la coincidencia, así que su mano acaricia la barba y se contenta de poder contarles a sus progenitores el prodigio de haber visto la cabaña en una película.
Entra el encapuchado a la cabaña de una patada en la puerta de rocosa madera, apunta con su rifle a una mujer canosa subida de peso, arrodillada en el parquet encerado; se saltan el nombre que grita y su mirada al espectador para mostrar la bala en su cabeza, el cuerpo cayendo y el sonido del peso real de la mujer en el parquet ensangrentado. Se ven piernas flacuchentas escondidas bajo pantalones-verde-viejo. Los zapatos negros de papá separan sus pies agitadamente para correr hacia la cámara-el-cuerpo-de-la-mujer, la tocará con sus manos. El balazo lo detiene y su calvicie queda a vista tuya.
Frunces el ceño. ¿Por qué cortar los gritos para mostrar sólo lo morboso? Alguna intención debe tener eso, así que continúas, esta vez sin prestar atención a tu comodidad.
El encapuchado se queda mirando los cuerpos, cuando tú entras a la sala y le disparas con un revólver directo a la tetilla izquierda. La bala se queda entre sus costillas con pedazos de género entre medio, la herida se infecta y en aumento de velocidad de por lo menos 4x, el encapuchado muere. Le sacas el pasamontañas y ves tu cara seria.
Regresan los créditos y comienzan los comerciales nuevamente, anunciando la siguiente película que dará el canal. No quieres más, te levantas y continúas con tu vida.
Pasaron los años y tu visa ha gastado el dinero necesario como para encontrarte en Rusia, viajando hacia la cabaña que tus padres compraron para hibernar. Te encuentras feliz y no engañado al ver lo conocido que parece el lugar. No recuerdas la película, sólo entras y te vas directo a la cocina. Tu madre está en la sala hablando sobre el pino de navidad, y tu padre te acompaña hasta que te vas al baño a regurgitar aquello vencido que comiste en el viaje. Repentinamente escuchas ruidos inquietantes provenientes de la sala, tu madre grita tu nombre y seguidamente un balazo se roba la escena. Los pasos de tu padre resuenan como bajo agua, se encuentra con el encapuchado y muere. Lentamente te subes los pantalones, sacas el revólver del baño, escondido entre cajones varios, lo armas y sales; disparas. Ahora le quitas el pasamontañas y ves la cara de un mono, algo así como el eslabón perdido, completamente serio. Gritas al respecto. Sabes que eres tú, corres al espejo y ves reflejado un mono. A pesar de tus gritos, de tu cara desfigurada por el horror, la cara de mono sigue ahí, seria. Su boca sellada, sus ojos inexpresivos. Te mueves frente a él, le pegas al espejo para encontrar alguna respuesta, mas el mono te sacude los intestinos con sus movimientos atrasados, lentos, e inexpresivos. Sacas el espejo para ver si no es un truco, lo rompes luego, desesperado, sacas un trozo de él y con manos temblorosas se refleja algo escrito en el techo. Miras y no hay letra alguna. Tomas más pedazos y lees el nombre de una calle.
Durante el viaje a Stalingrado el cielo pasa de blanco nuboso a gris oscuro. La lluvia cae con más y más fuerza y en mayor cantidad cada vez que te detienes a preguntar por la dirección.
Llegaste a un callejón; no cabe el auto, debes dejarlo estacionado. Antes de bajar, te miras por el espejo retrovisor y ves que eres el personaje de la película. Prefieres eso a ser un mono.
Te bajas. El impulso de la curiosidad te manda correr solo y desamparado por el callejón.
Una vieja está haciendo manualidades con una espátula. La nota media rara, y sin vacilar la lanza por la ventana. Cae en tu frente, mas continúas firme sin importar la sangre que cae hacia tu ojo. Lo cierras.
Entonces lo ves. Está ahí, medio oxidado y con letras rusas. No comprendes lo que dice, sólo recuerdas de lo que no leíste la palabra fin. Te desesperas, te arrancas los pelos de la cabeza y corres nuevamente hacia el auto. En el camino te encuentras contigo. La vieja de la espátula te refleja a la perfección con un espejo, y tus ojos se afinan hasta verte nuevamente como un mono. Gritas. Tu tú parado al frente es también ahora un mono. Con un movimiento lento se arranca la cara. Lo que ves es una calavera de homo sapiens-sapiens sonriendo.
Un sentido de esquizofrenia se apodera de tu cuerpo y te disparas en la sien.
Lees los subtítulos del cartel y dice: “este es el fin del fin”.

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