sábado, 22 de septiembre de 2012

No conozco el infierno, pero he oído hablar de el; sé que este es el lugar. Siento que me persiguen, pero no logro recordar por qué. Necesito correr, dejar que la adrenalina tome posesión de mi cuerpo, que mis defensas no entorpezcan mis golpes, y en vez de ello recibir a los atacantes como si yo fuera una espuma que lo soporta todo. Y es que así me siento. Soy capaz de cualquier cosa. Podría escapar y salvarme, pero no puedo hacerlo; tengo que volver a nuestra habitación, donde están mi amigo y la mujer que amo. Tengo que decirles lo que está pasando, que nos persiguen, que somos un blanco. Nos quieren destruir como sea, con todas sus patéticas y cobardes tecnologías. Así que seguiré bajando las escaleras.
Son interminables. Ya pasé el primer piso, donde podría haber escapado. Se ha activado la alarma y continúo indiferente hacia lo más profundo del sótano.
Es un hotel grande, lleno de espacios donde esconderse. Siempre y cuando no te persigan. Por un momento creí que las amistades que había hecho con el personal se mantendrían vigentes y nos ayudarían a escapar en caso de tener que hacerlo, pero cuando volvía por el pasillo a nuestra habitación, vi que ellos, los mozos del tercer piso, encerraban a mis amigos desde afuera. Necesitaba esa estúpida llave para sacarlos de ahí, pero si me dejaba ver en ese momento todo habría sido peor. Tenía que esperar y hacerlo mejor. Mas tuve que empezar a correr.
Alguien me vio cuando caminaba en el pasillo paralelo al de nuestra habitación, y dio la alarma. Sin pensarlo dos veces decidí bajar las escaleras hasta el final, ya que siempre se me ha dado bien eso de bajar a cualquier lado; saltaba los escalones y sí, me golpeé varias veces y casi me tuerzo el pie, pero logré continuar con mi ritmo inquebrantable, esquivando a todo aquél que intentase detenerme a razón de patadas o golpes sorpresivos por la espalda. Lo sentía por ellos, pero era mi única alternativa.
En realidad no tenía ningún plan cuando me dispuse a bajar las escaleras; sólo sabía que mi rapidez y reflejos me ayudarían a perder a los perseguidores. Sin embargo, ahora que se acaba la escalera y veo a los mozos conversando, y un guardia con su traje paseándose hacia el pasillo de la derecha, entiendo que podría imitar a las películas. Sí, pero primero tengo que deshacerme de estos mozos.
Son cinco. Mucho para mi estilo. No soy el gran peleador, pero la adrenalina y la convicción de rescatar a mis amigos lo antes posible, me recuerdan que lo que mejor sé hacer es improvisar. Así es que salto sobre la espalda de el más alto de todos. Pude darle la patada y dejarlo en el suelo con la potencia del salto. Mi pierna se duerme, pero hay cuatro más que me atacan. Me golpean, mi cuerpo se adormece, pero no retrocedo. Combos, patadas, auxilios con lo que sea que encontrara, y veo sangre, mucha sangre. No sé si es mía o de ellos, pero me incrementa la adrenalina con creces. No siento dolor, ni el cuerpo adormecido. Soy inquebrantable. Me atacaban dos mozos a la vez y los vencí. Había uno más cobarde que esperaba ver qué hacían los demás, y siendo fiel a su comportamiento, observó que se levantaba el más grande de todos, que venía a golpearme de vuelta. Era justo; lo ataqué por la espalda. Me insistió a golpes que me rindiera. Me molió un ojo y la mejilla también; mi frente se rompió y qué decir de mis manos cuando lo golpeaba de vuelta. Sin embargo, aproveché un momento para darle una patada en la cadera, como nunca pensé que podría hacerlo. Entonces se queda con un rodilla en el suelo, quejándose, y se rinde. Miro al último contrincante con la cara y boca ensangrentadas, esperando algún movimiento que indicase otra pelea. Retrocede unos cuantos pasos y se larga. Sí, por primera vez he vencido a cinco hombres en una pelea. Nunca lo hubiera creído.
El alboroto fue demasiado ruidoso como para que el guardia no nos haya escuchado; sin embargo, no se acerca a mirar. Decido ir por el pasillo. Me lleva cerca de la habitación donde se encuentra el calefactor. Escucho unos tacones; espero en la oscuridad. El hombre sube el cierre del pantalón, que suena bastante fuerte, y la mujer entra al pasillo para seguir donde no pienso ir. No me ha visto, así que me precipito intentando no hacer ruido, hasta el guardia. Lo sorprendo gracias a la oscuridad. Puedo golpearlo en las piernas y dejarlo inconsciente con golpes varios en la cabeza. Espero no haberlo matado. La ropa no se ha ensuciado; no me quedará bien, pero servirá para despistar... no, se han roto los pantalones. Suenan unas llaves que cuelgan del cinturón. Cambio de plan: son muchas. Alguna podría ser una llave maestra.
Ya nada importa. Entraré a esa habitación como sea y lograré rescatar a mis amigos. Volveré a subir esas malditas escaleras.
Son seis pisos hacia arriba. No me detendré en ningún momento, no importa lo que pase. Espera... recuerdo la puerta que había en el ascensor. Aquélla que llega directamente donde las ancianas cocinan sobre un precipicio de cachureos y cajas misteriosas acumuladas. Ellas me ayudarán. O al menos no se entrometerán.
Subo cinco pisos. Entro al ascensor y cuando está a la mitad del recorrido hasta el sexto piso, aprieto el botón rojo. Abro la puerta mágica y subo arrastrándome 

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