jueves, 4 de octubre de 2012

Si tuviera un martillo...

El vacío en el alma no me entrega mucho más que indiferencia. Debe ser a causa de que este "vacío" se llena de a poco, con la luz del sol que viene y se va. De todos modos a veces tengo mil ganas de llorar.
Llorar como si fuera a hacer el diluvio mundial -nunca he entendido por qué le dicen "universal"-, y me gustaría echar rienda suelta a esos caballitos que patean mis ojos para hacerme lagrimear... pero algo me bloqueó el martes reciente.
Puede haber sido la mala onda evidente. Puede haber sido la agresividad que sentí a flor de piel. Puede que sea el hecho de no haber expuesto mis sentimientos con claridad. Quizás me falte discutir el por qué de mis acciones, de mis emociones.
¿Pero cómo podría justificar mis emociones? ¿Cómo podría hacer algo tan vil a algo tan hermoso, como lo son las emociones? Sin emociones no seríamos seres sociables. Así es que mis emociones, insisto, respondieron al momento que viví en sociedad, ese martes, en la tarde, con el plato de pescado frito con papas fritas al frente, con el partido de la U en la tele con pantalla plana, con los ancianos charlando tranquilamente en una mesa cercana y alejada a la vez, con la pareja que llegó a servirse mientras yo huía de todo lo que describí.
En realidad no huí de la gente, ni de la tele, ni de la comida. Huí de mis emociones. Es que hay preguntas que no logro comprender, especialmente cuando vienen cargadas de agresividad y falta de empatía. Mis emociones estaban bien, pero el momento fue una mierda.
Fue una mierda que no tengo interés en olvidar. Así es como se logra conocer a la gente, me imagino.
De todos modos tengo esa pena enorme y no puedo llorar.
Mis emociones están terriblemente bloqueadas, y temo entrar a hacer estupideces por negarlas, por bloquearlas.
En fin, que pase lo que sea, ya sabré salir de la cama, haga frío o calor.

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