lunes, 4 de marzo de 2013

Recordar: el mate tiene cafeína.

Cuando termina de verse verde la piel, y se torna un poco más violeta, dispersándose en varios puntos en vez de estar concentrada en el centro; esto significa que el moretón llega a su fin.
Pero es bueno, a menos que te guste tener el moretón, para que todos te pregunten qué pasó y les inventes mil y un razones de su existencia. El miedo a ser ignorado, ¿no?
La ignorancia, como todo, se puede comprar. Y para qué. Bueno, suponemos que es para facilitarle la vida a quienes la compran; por algo lo harán, digo. Ahora, me pregunto por qué alguien habría de vender su conocimiento, siendo tan delgado y teniendo toda una vida para engordarlo. Así se ve mejor, al contrario de las personas en la televisión, que tienen que ser delgadas para tener buena acogida. Para no sentirse intimidados por quienes cumplen con los estándares de la belleza enseñada.
Sí, creemos que nos enseñan a ser bellos. Por fuera, obvio. ¿A quién le importa ser lindo por dentro? Como dijo Susanita alguna vez, "Dios mío, y yo sin ninguna gota de maquillaje por dentro"; si pudiéramos nos embelleceríamos arterias, nervios, venas, tendones, ligamentos, etc. Hasta la sangre podría tener un color más agradable.
Aunque, debo admitir, de pequeña me encantaba el color rojo. Decía que me gustaba por la sangre, y cuando me hacía heridas me la "tomaba", para sentir el sabor a fierro sin tener que pasarle la lengua a uno. Y lo que nadie quiere hacer, el poner su lengua sobre un fierro congelado; una vez tomando helado me sacó un pedazo, así que imagino lo terrible que debe ser un fierro.
En la absurda imaginación, que tiende a exagerar o minimizar todo, creo que sería mejor que me pegaran con un fierro, a perder un pedazo de lengua por uno congelado. Al fin y al cabo, estamos acostumbrados a vernos moretones, especialmente esos que no se sabe por qué están ahí, adornando la piel, los pelos también; dando la ilusión de que podría no ser suave y sí muy áspero, cuando no es así, al igual que los tatuajes, el común pensamiento de que si te acarician en la oscuridad, descubrirán uno sin verlo. Qué falso, me digo, y me acaricio el brazo. Aunque sí tengo una parte más áspera, eso es porque no me he dignado a echarle crema. Da lata asearse la piel; quizás sería algo hermoso si fueramos más peludos, como los gatos. Y tuviéramos la lengua áspera, como los gatos. Y nos limpiáramos sin necesidad de agua caliente y jabón, como algunos gatos.
Decimos "algunos", porque hay felinos domésticos que gustan del agua, aunque no sé si del jabón; imaginamos que les debe molestar oler a "otra cosa". Quizás no les hubiera molestado si el jabón todavía se hiciera de ballena, ya que olerían a algo que nada, y a algunos gatos les gusta pescar.
Teníamos una absurda teoría: que si el gato prefería la carne de pollo, es porque su ascendencia provenía de un campo; si gustaba del pez, provenía de las cercanías de un lago o río. Si no le hacía el quite a las carnes rojas, era carroñero de cualquier lugar. O le gustaban las liebres, no me acuerdo. El punto es que se lee más absurdo ahora, que cuando lo pensamos.
Y, así como el dinero puede comprar la ignorancia, también puede comprar lo absurdo. Es que, si me preguntan, diría que lo absurdo es tan subjetivo como la ignorancia, y que no debiera tener precio, pero lamentablemente tiene varios, de acuerdo a los intereses del comprador y la especialidad del vendedor.
Y yo compro y compro y vendo poco, porque, ¿qué puede vender un estudiante, si no sus servicios mecánicos a cambio de poco dinero, y falta de un contrato? La vez que pude vender algo, unas ropas en la plaza, la gasté en esa misma plaza, comprándole a otros vendedores. Y esos que llegan más temprano que uno, y se pasean mirando la mercancía ajena; te ven la cara de tonta y te compran algo que luego pondrán a vender ellos, a precio mayor. Entonces pensamos "cómo lo hacen para ser tan estafadores? Cómo pueden darle más valor a algo de poco valor? Lo impresionante es que logran venderlo, casi siempre, y una queda mirando con cara de "soy estúpida o no tengo alma de negociante"". Lo cierto es que alma de negociente no tenemos. Queremos algo y tendremos ese ALGO, nada de intermedios. Y no lo queremos, y no lo tendremos.
Pero es relativo. A esta hora todo parece relativo, especialmente cuando los sueños se interrumpen con pisadas caninas sobre el techo. Así es: nuestro perro quiere alcanzar las estrellas. Pues si quisiera alcanzar las nubes, lo haría de día. O puede ser que sea demasiado tímido como para que lo veamos alcanzar un lugar que nunca hemos pisado. Al menos, nosotras nunca hemos caminado sobre las cabezas de otros. Sólo en segundos pisos, con escalera y todo; no en techos, donde hace frío y se rompen las tejas.
El perro debe tener moretones, pero no los vemos porque tiene muchísimo pelo. Tampoco le vemos las espinillas.

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