miércoles, 31 de julio de 2013

Fierro en tabletas

La vi y la probé, porque no me pude aguantar. Sabía a fierro. Porque sí, a veces le paso la lengua a los fierros oxidados que encuentro en la calle. Sé que están pasadas a mano ajena contaminada con heces o lo que sea, lo cual lo hace más peligroso y por ende má peligroso y excitante. No es que me excite sexualmente, es sólo el poder; el PODER de TENER una excusa para pensar en que estoy enferma, que me contagié algo. Qué importa.
Los fierros, de cualquier modo, me han dado mucho menos placer que la sangrecita que corría por tus ojitos pardos. Son tan lindos; tan hermosos, nobles, sinceros. Había que apretarte el cuello hasta que sangraran. Si no, ¿qué sentido tiene la vida? Al menos yo acepté mi realidad de vivir para destruir a quienes valen. A quienes lo valen todo.
Te conocí en un callejón. Lamentablemente, el más bello de todos. Recuerdo haber estado fumando el décimo tabaco de la noche, aburrida por no encontrar alguna diversión. El whisky a veces no es suficiente para encontrarla. Pero apareciste tú a fumar conmigo. Y empezó una aburrida historia.
Que me gustaste, que te lo dije, que tuvimos relaciones, que no las tuvimos, que nos extrañamos, etc. Hasta que nos encontramos completamente borrachos.
Me diste tu confianza. Yo ya te la había dado. Incluso te había tomado de la mano en un par de calles nocturnas por las que paseamos, volviendo a tu morada. No podía ser en la mía, por supuesto.
Nada funciona mejor que el sexo. Nada funciona mejor después del sexo. Así que tuvimos sexo y luego te convidé un zolpidem. Te empezaste a dormir, diciendo cosas de borracho drogado con el químico bien vendido en la farmacia de la esquina de mi hogar, donde nadie sabe cómo llegar. Te acaricié el pelo, te peiné los brazos y piernas, probé tu sabor, y cuando estabas completamente relajado, contando los segundos para que comenzara el sexo oral y el sueño repentino, mis enguantadas manos apretaron tu cuello. Con delicadeza, por supuesto.
Tenías que creer que era una broma.
Luego tomo la herramienta de siempre. Unas cadenas con un candado fácil de poner. Las cadenas resuenan en tus oídos como si fueran parte de una extravagancia sexual a la cual no querrías negarte, así es que estúpidamente te dejas llevar por lo desconocido. Por lo ridículo.
Tú eres ridículo.
Te apretan el cuello y ríes a carcajas, con nerviosismo. El candado ya está puesto, y no hay forma de quitarlo de su lugar. Después de todo, estuvo varias semanas esperando estrangularte.
Miro tus ojos. Son hermosos. No entiendo por qué, a pesar de todo, siguen con un semblante que expresa felicidad. Me hacen pensar en la palabra inmaculado, aunque en este contexto no puedo pensar en qué significa. Quiero creer que tienes dignidad. Quiero creer que no te importa morir envuelto en una cadena fría, apretada hasta el infinito con un candado difícil de sacar.
Tus ojos empiezan a salirse de sus cuencas, casi. La sangre brota como lágrimas, y pienso saborearlas. Odio su sabor. Lo odio con todas y cada una de mis horribles papilas gustativas. PERO quiero seguir haciéndolo.
Entonces en un lamer y tragar de sangre, encuentro la razón. Encuentro que era un falso propósito, el de alimentarme de tu sangre y tu bondad; pienso que no es eso lo que quiero de ti. Quiero seguir borracha y quiero seguir teniendo sexo contigo hasta que nos aburramos mutuamente. Pero te voy a matar; ¿qué puedo hacer?
Estoy arrepentida. No voy a llorar. Al menos te pediré disculpas de corazón, mientras abro el candado.
No, esa era la llave equivocada.
Llegan los espasmos de tu cuerpo. Está falto de oxígeno y lo pide desesperado.
Quiero darte el oxígeno. Quiero que respires y te rías, que sigas creyendo que era una broma.
Pero el candado no abre y tu sangre no deja de brotar por tus hermosos ojos. No encuentro otra salida más que dejarte morir solo e irme.
Es algo que he hecho ya tantas veces; no puedo sentirme mal sólo porque en el último minuto me arrepentí de lo que hacía.
Así es como no puedo cuestionarme por qué estaré sola al final de mis días.

No hay comentarios.: