miércoles, 24 de julio de 2013

saldría en tabú de NATGEO

porque me enamoré. Sí: me enamoré. Pero de una serie de televisión, no de un hombre. Lo cual le da el toque de Tabú lationamérica en natgeo, porque una vez vi en ese programa que un tipo amaba sus autos y fornicaba con ellos. Bueno yo me enamoré de la serie pero no quiero fornicar con ella.

Pero mis suspiros estúpidos vienen de un lugar un poco menos imbécil, como lo es una serie. Vienen directamente de mi imaginación.
Así me dices tú que sales a caminar en la mañana, a dar vueltas, pensar un poco, fumar un cigarro tranquilo...
No soy una espía, pero salgo esa misma mañana con mis largavistas. Acomodo la silla de siempre, húmeda por la fría noche que se va. La dejo en el borde del balcón, pero no tanto, para poder columpiarme y dejar las piernas arriba. El rifle me acompaña, como siempre, tranquilo.
Prendo el tabaco que dejé hecho antes de salir. Me tapo con la frazada de polar que llevé al campo -la mía, la que no se convirtió en un poncho-, acomodo las nalgas de lado a lado, y observo el amanecer.
Se demora tanto en salir el sol. Y la gente. Las personas son lo que más me entretiene observar; excepto cuando hay otras especies más divertidas, como palomas, ratas, gatos, perros, vagamundos, lo que sea. Pero esta mañana tan particular, está cargada de frío madrugador. Las pocas personas que salen, se pasean tosiendo, escupiendo y abrazándose a sí mismos, para protegerse del frío, pienso. Los perros no se inmutan, siguen durmiendo, hechos una bola. Veo gaviotas también, que se picotean bajo las alas, se huelen las axilas, pienso. Acomodan las patitas y vuelven a parecer que empollan el suelo. Las palomas no, ellas siempre están en la calle dando vueltas. Con la luz que deja entrar la poca neblina que va quedando, más activas se ponen. Todavía no pasa la basura y no se ven las ratas nocturnas paseándose, así es que es el turno de ellas para picotear malolientes sobras humanas.
Un momento. Ya no observo lo mismo de todos los días... Alguien aparece. Dejo de columpiarme, tomo los largavistas, me siento más pegada al balcón; apoyo mis codos con firmeza y entonces sí me convierto en una espía.
Espía de un alguien tranquilo, que se nota que anda paseando. Se da vueltas por la calle, camina vacilando. No confía en el suelo que lo sostiene, ni en la mañana que está viviendo. No lleva gafas, y gracias a mi aparato es que puedo verlo en sus ojos pardos. Es pálido, alto y delgado, como un hueso. De hecho creo que si me perdiera en el desierto y lo viera aparecer desde los espejismos, lo vería como un fémur, y no como un humanoide. Un fémur que camina como en zigzag.
Se ve agradable. Qué raro porque por lo general me atraen los tipos desagradables.
Aún así te sigo espiando, y con cada cosa que quedas mirando, me pregunto qué será lo que ves en ella. En las cosas. En la vista. En la gente. ¿Qué línea infinita pasará por tu cerebro? ¿Qué formas hará? Lo que es yo, que te espío, solo veo la típica línea de palpitaciones que se ve en las películas y series de cirujanos -eso que no he visto Grey's Anatomy. Claro que mi línea al menos es celeste, rosada, verde, café; depende del día la hora y el mes, supongo. En fin, cierto que es no es nada del otro mundo. Y ahora que te espío, no sé por qué se puso a hacer montañas tan altas. Si no te conozco, no eres nadie; no tienes nombre, no tienes historias, no tienes voz, ni olor. Aún así no quiero perder un segundo de las tonteras que haces. Que se resumen a nada.

Ya salió el sol. Pedí un café a mi hermana, que me dijo que moviera el culo y que soy una floja, pero me trajo uno igual. Con una facturita de crema, no de manjar. Te he visto fumar ya cinco cigarros. Cinco tabacos, lentamente, sentado en la plaza, junto a un estanque que alguna vez tuvo unos hermosos peces nadando. Bueno, antes estabas en una banca, luego en otra, después de pie, y entonces en el borde de concreto del estanque. Veo que agitas la caja de fósforos. Qué anticuado, pienso, porque no usa un encendedor típico de buen fumador, que no se fía de las condiciones meteorológicas ni de sus habilidades para prender un cigarro. Con el tabaco en la mano, te palpas la ropa. Al principio crees que vas a encontrar algo, lo sé, hasta que te veo tan desesperado palpando cada bolsillo de tu desabrigado atuendo...
Ni siquiera lo pensé.

Suena un disparo. Ahí está ella, con el rifle apoyado en el borde de su balcón. Sus cálculos fueron perfectos, pero aún así le voló una parte de la mano.
No sabe qué hacer, así es que por último toma los largavistas, busca la mano del tipo; está ensangrentada, pero con atención médica podrá volver a fumar... o hacer lo que sea que haga, de un modo no tan mediocre a falta de huesos y nervios y tendones y ligamentos y todo lo que un pedazo de mano perdida por rifle puede implicar. Bien, sanará, piensa. Y él, del suelo, coge el cigarro prendido. Mira hacia el balcón, hace una seña de gracias. A ella se le desvanece el corazón; qué tipo más apuesto y comprensivo, piensa.
Se termina el tabaco y, obviamente, camina hacia el hospital.

Bueno, ese es el tipo de mierdas que me imagino. Y por ese tipo de mierdas CURSIS Y CHULAS A CAGARSE, a veces me pongo a suspirar.
En fin, al menos todavía puedo pensar cosas lindas...

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