jueves, 19 de diciembre de 2013

hola...

Estoy desvariando en lo mismo de siempre. La inutilidad de lo que se dice o se cree que es útil, algo así como la vida misma.
No entiendo nada de lo que pasa a mi alrededor. Tampoco entiendo lo que hago ni lo que digo; por lo tanto todo se ha caracterizado por carecer de un propósito.
Así no sé cómo me paso el rollo de que podría ser profe. Soy una persona inestable emocionalmente, que con facilidad entra en el túnel de la paranoia por causa propia. Es como si se tratase de una combustión espontánea, o qué sé yo.
En realidad no tengo ninguna puta gana de escribir, pero me imagino que es mejor esto que llorar sola y tener que levantarme a buscar papel higiénico.
Creo que estoy bien de salud, estoy bien en el amor, así que no entiendo de dónde proviene esta inseguridad que se traduce en paranoia. ¿Por qué siempre soy capaz de ver lo peor? ¿Qué hay de lo mejor? ¿Qué hay de los demás? ¿Quiénes son ellos? ¿Quiénes son ustedes? ¿Quién eres tú?
Qué haces hablando conmigo, en este cibermundo de la mentira. Qué hacen invitándome a jugar, en el cibermundo del deporte virtual. Qué hacen interactuando conmigo, cuando soy real. Constantemente siento que viajo en una nube de falsedad, de irrealidad, de sueños. Y mis sueños no siempre se hacen realidad, lo que es frustrante y gratificante a la vez.
Pero la otra noche soñé que se acababa el mundo, y en medio del caos de la luz brillante, cegadora y desconocida, que hizo entrar en pánico a muchos que cometieron suicidio masivo en una playa, había un ángel. No era realmente un ángel, sino una amiga de la infancia quien con el tiempo se convirtió en una amante de la religión, y que además es hermosa. Ella era pacífica, igual que siempre, solo que no estaba risueña. Sólo era seria y ESTABLE. NO ERA UN ÁNGEL, ERA LA ESTABILIDAD QUE ULTIMAMENTE DESCONOZCO.
No me gusta ver sufrir a mis seres queridos, menos cuando tengo de todo para pasarla bien. No me gusta que se alarguen los procesos. Quiero hacer algo, quiero ayudar, PERO NO PUEDO.
Si la vida fuera real, ciertamente podría hacer algo. Lo que fuera, podría ayudarles. Pero no puedo porque nada de esto existe.
Ustedes no existen, tú no existes, yo no existo y aún así me aterra la muerte. Me aterra un accidente de tránsito. Me aterra que desaparezcas. Me aterra no volver a verte nunca jamás.
Que es lo que una de mis hermanas está sintiendo. Que deja de existir alguien importante para ella; no porque esté muerto, sino porque en realidad nunca existió y hoy asume su condición.
Yo asumí erróneamente que todo es falso, que todo es irreal, que todo no existe. La existencia no existe, y cuando me acuerdo de eso me duele el estómago... No, perdón, me duele el polvo de estrellas que dicen que es real. Me duele la inexistencia, en realidad, porque en ese momento se fortalece, se alimenta del conocimiento de la irrealidad, e intenta tragarme en su agujero, ese que está en el centro del cuerpo de todos nosotros. De todo el universo.
Pero me aferro. Estúpidamente me aferro a esta falsa vida, a esta falsa existencia. A esto que es lo único que en la irrealidad conozco.

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