jueves, 26 de diciembre de 2013

pedos sinfónicos para las sábanas

El punto es que estábamos celebrando algún día de fundación de institución educacional, o algo por el estilo. Quizás era más como una calebración de junta de vecino, o junta de palurdos, porque recuerdo una medialuna metida entre las gentes coloridas que se veían desde lo alto de la colina. Y no era cualquier colina, no. Estaba bien cortada por un camino de ripio, y en lo alto del cerro -porque sí, en realidad era un cerro y no una colina- se levantaba un edificio abandonado. Ahí vivíamos, entre restos de fábrica quebrada. Teníamos un colchón de plaza y media al principio.
Partíamos en una pieza con cortinas rojas. Entraba una luz de amanecer y gritos desde abajo, pero bien abajo, allá donde estaba la gente celebrando. Eran coros de "sí, no, vamos, ejale, yaaai" o hurras por el estilo. Todo alrededor de la medialuna, me imagino, porque nunca pude verlo realmente.
Pero cuando me levanté tu ya lo habías hecho. Recuerdo haber abierto los ojos y haberte visto, pero más tarde cuando desperté por completo y me salí del colchón, no estabas. Daba igual, porque me vestiría y acicalaría para salir a celebrar junto con los demás que habían hecho de esa fábrica su hogar. Al parecer nos llevábamos todos mejor que cualquier grupo de vecinos hipócritas.
Tenía el pelo largo y había viento; bajaba por los caminos de ripio en compañía de amistades que hasta hoy desconozco. En la curva principal, donde podíamos elegir el camino de los peatones -la escalera directa- o de automovilistas -el ripio obviamente- identifiqué tu figura. Sentí a lo lejos que me estabas esperando, así que para hacerme notar empecé a hablar más fuerte y a bromear con más ganas. Llevaba al grupo divertido, girando a mi alrededor, pero cuando la curva llegó a nuestros pies ellos continuaron hacia abajo y yo me detuve frente a ti. Quería besarte.
- Me enteré de que Rodrigo te anda buscando -dijiste.
- ¿Y? -contesté despreocupada.
- Estoy preocupado porque no lo encuentro...
Ambos sabíamos que tú eras el único que podía encontrarlo. Así es que tenía que preocuparme yo también. Comenzamos a caminar en mutuo acuerdo hacia el edificio abandonado, así es que emprendí un viaje de regreso, alejándome de la fiesta. Subimos y la conversación subía también.
- ¿Por qué me está buscando?
- Quiere hablar contigo.
- ¿Me va a patear?
- No sé, yo creo que sí.
- Ah.
- ¿No te importa?
- No.
Se produjo un silencio incómodo. Él quería mucho a su amigo como para verme tan despreocupada por algo que supuestamente teníamos. Me importaba una mierda si quería terminar su relación conmigo o no. Sentí en su mirada que me encontraba una mala persona.
- A ver, soy tu polola, ¿cierto?
- Sí -contestaste.
- Tú eres el que me importa. Si el Rodrigo quiere hablar conmigo, voy a ir sólo para hacerte feliz a ti.
Claro, al parecer estaba saliendo con los dos. Contigo porque me importabas, y con él porque te amaba tanto que no podía decirte que no a la petición de que saliera con tu amigo también. Qué extraña forma de amar...
Lo buscamos por todas partes. Recorrimos toda la fábrica y nunca lo encontramos. Sólo faltaba buscarlo en nuestro rincón. Esa en realidad era una excusa para acostarnos a descansar en un nuevo colcón de 2 plazas que habías traído. Garchamos y luego me acurruqué sobre ti; pasé una de mis piernas entre las tuyas y la otra estaba encima. Te rodeé con el brazo que puede hacerlo para que no me aplaste el otro, y ya te habías enojado.
- No te me acerques tanto, para eso traje este colchón grande.
- ¿No era para que durmiéramos igual pero más cómodos?
- No, es que no quiero que me abraces y me apretes tanto.
Eso podría leerse con ternura, pero me falta especificar que estabas bien enojado y me apartaste de tu cuerpo cuando me terminaba de acomodar pegada a ti.
No soporté la pena que provocó tu rechazco hacia mi complejo de imán por metal. Así que me senté sobre el colchón, respiré hondo y aguanté las lágrimas. Tú no te diste por aludido, o quizás te molestaba tanto mi presencia que preferías que no te importase mi pena.
Terminé levantándome a mirar desde la ventana la celebración. Volví a ver la media luna y los puntos coloridos de la ropa de la gente. Pensé que eras un idiota y deseé con toda mi alma que se te pasara, te levantaras y me invitaras a acostarme nuevamente contigo.
Pero nada de eso alcanzó a pasar porque desperté y más tarde otro sueño comenzó.

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