lunes, 31 de marzo de 2014

El lulapaluza no es un laberinto social, es simple

Siempre me da por tener momentos de introspección. En esos momentos me dedico a escuchar, pensar, observar; prácticamente no converso y creo que mi expresión tiende a ser, más que inexpresiva, desagradable. Como si algo me molestara.
Por lo general la introspección comienza con alguna molestia, pero no siempre es así. Por lo general, también, desaparece después de poco rato, sobretodo si los pasos se detonaron por algo que haya llamado negativamente por mi atención. Pero no siempre es así; a veces -casi nunca- me sumerjo tanto rato en el proceso que no me doy cuenta de que he estado todo el día así.
¿Por qué?
Bueno, aquí va: con la introspección busco algo. Sí: ALGO. Llámalo como quieras: problema, curiosidad, hipótesis, encontrar alguna pata sobrante a un cuadrúpedo o bípedo, lo que quieras. Cuando lo encuentro, lo saboreo. Lo pruebo un rato a ver si mi paladar lo aprueba; entonces pasa a la etapa siguiente, de masticar y triturar para finalmente tragar, digerir y cagarlo.
Cuando lo cago, aclaro, me refiero a que el ALGO lo compartí con alguien...
Entonces, ¿qué pasa si no encuentro nada? Pues sigo buscando; INSISTO, especialmente si estoy rodeada de 80 mil personas nada menos.
A veces la conclusión es más difícil de lo que creería; a veces es la primera observación el ALGO, y resulta que no se le puede seguir dando vueltas al asunto. No hay nada que hacerle... Fue un proceso rápido, tan rápido que no necesitó de más de 5 minutos de introspección.
En la insistencia, finalmente, me terminé por rendir. Aquello que encontré, lo cagué muy rápido. Después de eso, simplemente no había nada.
Nada más.
Cero.
Finito.
Caput.

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