miércoles, 26 de agosto de 2015

a veces no quiero escuchar música. Cada cierto tiempo, no quiero usar audífonos ni poner parlantes ni abrir el reproductor. Sólo lo hago en el microbus, porque me molestan los ruidos ajenos que incluyen movimientos de fluidos internos o personales (como ejemplo, toser). Ahora me encuentro sin ganas de escuchar música, pero sí de escuchar ruidos ambientales, como una lluvia, la tormenta prometida que llegó a la hora de las noticias y por lo tanto no se podía escuchar con atención.
O... nada. No quiero escuchar. Quiero silencio y sonidos específicos de ciertas acciones, como el tipeo en el teclado, mi respiración, la respiración de mi gato, el ventilador del computador, etc. Lo que sea que haga sonido que no se considere musical.
¿Por qué? Me pregunto, ¿por qué?
Quizás estoy cabreada. Debo tener la audición muy maltratada como para cabrearme. Pero mi cabeza está un poco maltratada también. Los profesores de spinning ponen la música tan fuerte, que hace unos meses decidí empezar a ir con tapones. Cuando no lo hago, siento un daño irreversible que no estoy dispuesta a aceptar. Es distinto cuando yo subo mucho el volumen de la música en el microbus. Cuando yo decido reventarme la cabeza con un sonido demasiado fuerte como para no crearme cierto malestar posterior. Lo del gimnasio es impuesto por una cabeza pequeña que poco piensa y mucho siente. Seguramente le agrade escuchar un pito en la cabeza todo el tiempo, para no tener que pensar. Porque no tiene que hacerlo, entonces no le molesta no ser capaz de hacerlo.
En fin, da igual. El punto es que desearía ahora estar durmiendo con él, sentir su respiración, su piel y su olor.

Buenas noches, voy a leer.