viernes, 15 de abril de 2016

15.4.2016

Quería revisar los correos antiguos, pero el spam la distrajo de sus convicciones previas. Había mails de todo tipo; que ganó un concurso, que pueden crecer los senos sin cirugía en 50 días o algo así de imbécil, que la matrícula en la ciberuniversidadsinprestigio está aprobada, que me llamo Graciela y mis dedos me dirán quién soy…

Siente impotencia ante tanta estupidez, y termina cerrando el mail en vez de buscar los mails antiguos. En realidad, lo que quería con tanta melancolía era revivir tiempos pasados con tal de volver a creer en que un futuro junto a él del pasado era posible. Su desesperación es tal que a veces piensa que terminará hablando del tema con las personas más incorrectas del mundo, y realmente no quiere caer en estas situaciones desesperadas. Todas ellas tendrían consecuencias y todas cuentan con una probabilidad de desenlace final negativo muy, muy, pero MUY alta.

Así es que busca otra salida. La escritura sirve, es verdad, pero no sirve sola. Falta algo, un acompañante, alguien que la haga sentir feliz como en aquéllos días, o los que vendrán, o las imaginaciones de su mundo inexistente. Tal vez guarde este post en un borrador, para publicarlo cuando todo haya terminado y nadie esté llorando más. Finalmente optó por un disco excepcional, los audífonos enormes y un volumen moderadamente alto para tapar el tipeo rabioso sobre el teclado: Let’s Dance.

Sabe que no dejará ninguna herencia a este mundo que no sea volverse por completo una alienígena solitaria y perdida por las calles de la urbe, y esto le parece atractivo pero a la vez le aterra. Porque todo gran artista, toda persona que crea algo que no sea otra persona, ha de sufrir. Y ha de escribir, dibujar, crear, sufriendo. El sufrimiento le entrega ese pedazo de inspiración que necesita para que sus dedos y su mente estén realmente dispuestos a hacer algo.

Se ve en un callejón, fumando un tabaco perfumado. Tal vez otra persona igual de solitaria pase por ahí. La noche es húmeda pero calurosa, sale un gas muy típico de películas góticas del alcantarillado, porque nos gusta lo oscuro, lo desgraciado y lo dramático. Lo gótico y lo ciberpunk le acompañarían hasta el final, disfrazados de persona con buen gusto para su ropa. O al menos eso quería creer ella, teniendo la aprobación de sus hermanas con buen gusto, puesto que no confía en el suyo pero sí en el de los demás.

La persona solitaria está obviamente más angustiada que ella. Recién salía del bar que ella dejó hace un rato porque quería fumar. Sabe que adentro nadie le quitará su puesto predilecto en la barra, en ese rincón donde se sienta a observar a las personas ser inmundas pero auténticas a la vez. Cómo le gusta verlos caer en el trago y cometer errores. Los que pelean y miran el celular a la vez son los típicos; lo mejores son quienes enfrentan sus frustraciones y se dejan llevar por el momento. A veces rompen vasos al presionarlos con mucha fuerza contra la madera de la mesa o la barra, y luego rompen a llorar. Por lo general la barwoman –a quien siempre va a desear secretamente, porque se ve y es quien ella siempre quiso ser- tiene que recurrir al paño rojo. Sale de la barra, le pide que la cubra mientras limpia la mano de tal o cual llorón. Le hace caso porque sabe que en verdad nunca le dirá que no a esta mujer. Otra veces se suben a las sillas, gritan, cantan, bailan, se dejan llevar por una falsa felicidad para luego quebrarse y por lo general en eso también intentan romper una silla. Pero ellas ya lo sabían y por ende están reforzadas. No se rompen contra el piso ni las mesas así es que el golpe se devuelve a sus endemoniados brazos. La frustración regresa. No todos lloran. Otros son simplemente ultra violentos, y entonces debe interceder el guardia.

Sin embargo, esta noche estuvo fome. Aburrida, no encontró vulgaridad alguna digna de ser recordada para anotarla, así es que a pesar de la inminencia de la lluvia, salió a fumar un tabaco perfumado. La persona angustiada salió cuando iba por la mitad del cigarrillo. Estuvo respirando agitadamente por unos minutos cuando se percató de que un olor rico le impregnaba las fosas nasales. Entonces se volvió y la vio apoyada en la pared de ladrillos. Ella hizo como que no lo había visto, como hacía con todos los borrachos que salían del bar a refrescarse o lamentarse para después volver.
Le dijo que su tabaco olía bien, y esperó alguna respuesta. Ella sólo pronunció una tímida sonrisa que quería decir “sí, es rico y es mío, qué pena, ¿no?”. Él continuó de pie un rato, dándole la espalda. Luego sacudió sus hombros como si estuviera quitando las malas vibras de encima de su cuerpo y alma, y se volvió hacia la pared. Se apoyó justo al lado de ella. Le preguntó qué estaba fumando.

El tabaco se había acabado; soltó el cigarrillo y lo aplastó con saña usando sus botas nuevas. Entonces respondió que fumaba un tabaco de manzana. La persona angustiada le ofreció comprarle uno de sus tabacos, si es que le sobraba alguno. Ella se había preparado varios antes de salir esa noche, pero esta persona no le había parecido interesante. Lo había observado desde la esquina de la barra del bar, y lo que vio fue un hombre peleando con su pareja, una mujer aparentemente joven que estaba decidida a tomar un camino distinto al que habían acordado. El hombre le recordó de inmediato a su primer amor, y esto le trajo un poco de resquemor al momento en que él decidió hablarle. Ergo, sabía que se trataba de un hombre que entendía que la mujer lo había dejado y ahora, despechado, buscaba sexo para sentirse mejor consigo mismo, para encontrar orgullo y valor y así continuar con su vida inmunda.

Este fue el momento de inflexión. Ella de alguna manera comprendió su dolor y, sin decirle nada, abrió su tabaquera y le regaló un cigarrillo. Él insistió en comprárselo, pero ella negó con las manos y regresó al bar, a su puesto en la esquina. Ahí continuaba su cuaderno negro, la pluma y un nuevo margarita la esperaba ansiosa. Cómo le gustaba beberlos lentamente, como si no tuviera nada mejor que hacer –y de hecho así era.

Observaba a un minero cantando el himno de su escuela de infancia junto a otros dos más jóvenes que él. Brindaron un par de veces y lloraron sobre la institución. Empezaban a decirse cuánto se amaban por haberse encontrado, y que deberían ir dos calles más abajo a un café con piernas. Anotaba algo en su cuaderno cuando un bloody mary apareció junto a su tequila. Miró sobre sus lentes a la barwoman con cara de interrogación, y ella le indicó quién la estaba invitando. No le gustaban mucho los bloody mary que hacía, pero de seguro le llamó la atención la elección… especialmente porque, como era su costumbre, todavía no terminaba su tequila margarita. Le pareció que era una buena acción hacer notar ese pequeño gran detalle, de manera que el hombre del tabaco pudiera beberse él el bloody mary. De todas formas no acostumbraba a beber tanto. Tomó la copa de margarita con su mano derecha y le hizo un gesto de salud al hombre. Él pareció sorprendido pero igual decidió reír al comprender que ya tenía un trago en sus manos y ahora parecía una persona muy sedienta.

Tomó su abrigo y se fue a sentar a su lado. Él estaba decidido a conversar. Ella estaba abierta a la posibilidad de que tal vez fuera interesante, así es que bajo el beneficio de la duda se tomó el tiempo para escucharlo. Era una persona común. Tenía problemas y razonamientos comunes, para nada extraordinario. Nada le llamaba la atención de ese hombre, excepto el detalle de que le había pedido un bloody mary. Al terminar su margarita, cuando recogía sus cosas y se despedía de la barwoman, le preguntó al hombre: ¿por qué un bloody mary? No lo sé, me pareció que iba bien contigo… como que combinaban o algo así.


Decepcionada por la respuesta, se largó. El departamento quedaba cerca, siempre caminaba de vuelta, pero ya llovía mucho así que prefirió esperar el taxi que trabajaba usualmente para el bar. El hombre salió detrás y le preguntó por qué se había ido. Ella le preguntó si lo que quería era tener algo de sexo. Él no le respondió, se quedó un tanto helado bajo la lluvia. Llegó el taxi, ella subió y se fue. Ya en su casa, alimentó a su gato, tomó un litro de agua mientras se quitaba el maquillaje y se durmió. Nada bueno habría podido salir de esa noche, de ninguna puta manera.

No hay comentarios.: