viernes, 15 de abril de 2016

Lo que nos deprime ahora es JP

Hola. Estamos tristes. Y la tristeza siempre nos destruye la caligrafía, así es que por hoy vamos a decidir continuar con una vieja tradición.
Hace incontables días, le dediqué muchos post en este blog a mis penas de amor. Luego pasó el tiempo, dejé de estar triste y resulta que me di cuenta de que releerlas o que estuvieran en mi blog me hacía alejarme de él, porque no quería encontrarme con malos recuerdos. Pero, ¿qué sería de mi presente sin esos malos recuerdos? No habría aprendido nunca nada y posiblemente jamás cambiaría todo lo que yo decido que tengo que cambiar. Así es que hoy voy a hacer lo que no pensaba que haría mucho, pero qué más da: voy a escribir sobre mis penas de amor. Voy a decir directamente lo que me pasa, y la verdad es que no tengo miedo alguno porque sé que JP no va a leerlo. Hace rato que abandonó las incursiones a mi vida cibernética… así como de todos los otros aspectos de mi vida.
Korsakov me obliga a hacer estas cosas. El día no está llorando pero mi interior siente esa presencia húmeda y destructora de lo que es salir a caminar sin un paraguas y luego sufrir las consecuencias. Me siento derrotada, porque a mí no hay cosa que me deprima tanto como las pérdidas o el amor. Y no he perdido a nadie, así es que comprenderé que sólo me queda llorar y lamentarme –como cualquier peregrino desesperado- sobre el dolor que siento en mi diafragma.
Se me juntan las cosas. Me imagino también otras cosas, a falta de mayores informaciones. El punto final es que realmente no sé cómo lidiar con tanta indiferencia. No tengo idea de qué esperar… más que la inevitable ruptura que separará nuestras vidas permanentemente. Me da pena. Y me da miedo.
Nos vi juntos en un largo camino, destruyendo castillos, revolucionando campesinos y regalando plata. Era todo bastante épico y feliz, hasta que a lo lejos él primero –porque es más alto- divisó una tríada de caminos diferentes. Todos eran largos y ninguno especificaba sus peligros. Al fin creo que llegamos al lugar. Un poste de madera con tres indicaciones en direcciones distintas nos está poniendo a prueba. ¿Seguimos juntos o qué?
Bueno, yo pensaba que quería seguir con él hasta que interstellar fuera una realidad, e incluso tal vez atreverme a ir al espacio con él –si quisiera mi compañía- y no hay nada más aterrador que ir a encerrarse a una nave que con cualquier hoyo o imperfección hará que la presión te reviente la cabeza. Pero ahora que ya llevamos un mes por lo menos jugando a los dados y comiendo gachas para tomar una decisión, veo que tal vez estoy un poco chata de esto y quiero aventurarme de una buena vez. Lo que sé que no sería algo prudente, porque estoy muerta de miedo.
¿Qué pasa si en mi camino hay rufianes? ¿O dragones? ¿O una permanente banda sonora de Maná y similares? No sacaría nada con dar media vuelta; habría dos caminos por los cuales él podría haberse ido. En conclusión, las tres opciones dificultan mi posibilidad de aventurarme, porque resulta que a pesar de todo lo mal que nos sentimos, de que me miro al espejo y veo una bolsa vacía que no puede volar, en verdad no estoy tan dispuesta a perderlo.
Entonces me pregunto: ¿por qué? ¿De dónde vienen esas ganas de irse rápido y ser impulsiva? ¿No debería estar segurísima de ser paciente y conformarme jugando a los dados y comiendo gachas?
Bueno, tal vez me sentiría conforme jugando a los dados y comiendo gachas, de no ser porque en realidad yo estoy jugando en un extremo y él está en otro. Con suerte nos comunicamos por internet; estamos en la misma región y no nos vemos. En verdad, no estoy esperando nada con nadie. Estoy netamente sola.
No tenemos ninguna relación más que chatear; no somos una pareja. No somos compañeros. Tampoco somos amigos. No somos más que un híbrido de lo que fue, lo que no es y lo que nunca será. Estamos separados, no hay siquiera un delgado hilo que una nuestras vidas. No es más que wi-fi o internet móvil…
¿Por qué me cuesta tanto aceptar esta realidad? Por qué… me continúo engañando con esta falsa sensación de compañía. Él no existe. Yo tampoco existo para él. ¿Entonces con qué cara vengo a pedirle cosas? Bien podría ir y garchar con cualquier persona, o salir a tener citas, qué sé yo. No es de mi interés, pero es lo que siento. No puedo amar a alguien con quien francamente no estoy. Tampoco puedo pretender que conozco a alguien que en realidad no veo, con quien tampoco hablo nada importante, con quien definitivamente no convivo.
En consecuencia, siento que estoy alargando, una vez más, lo inevitable. Y que lo mejor que me podría pasar para sanar todo esto, es irme sin avisarle y continuar existiendo. A este paso, tampoco se enteraría de que no estoy.

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