martes, 15 de noviembre de 2016

Se cerraron mis ojos. Respiré profundamente mientras escuchaba el pasar de las hojas y el destacador de vez en cuando. Estaba estudiando a mi lado, tirando peos con un poco de rabia, como para despejarse de los estudios. Le pregunté si estaba aburrido. Sí, pero tengo que estudiar igual.
Nos encontrábamos desnudos entre las sábanas. El calor, las cortinas cerradas y la ventana abierta nos traían un aire típico de ambientación post sexo.
Estoy aburrido, la materia es una mierda.
Lo sé, amor, pero te queda tan poco; tienes que motivarte pensando en eso.
Dejó de lado las fotocopias y se derrumbó entre mis pequeñas tetas. Le acaricié la mandíbula como siempre lo hacía. Le dije que lo amaba mientras besaba su frente, sus mejillas. Luego él se incorporó para recibir el cariño más cómodo.
Besaba su cuello con mis labios y luego pasé mi lengua sobre su oreja. Él soltaba risitas y comenzaba a llevar sus manos hacia mi vagina húmeda.
Todo indicaba que íbamos a garchar.
Desperté con una sonrisa en mi cara, hasta que recordé que todo eso quedó atrás. Entonces mi boca se derrumbó y mis sentimientos dispararon tristeza, furia y frustración. Además de impotencia, arrepentimiento y ese dolor infinito de saber que no hay nada, absolutamente nada para volver el tiempo atrás.
Ya no quiero dormir nunca más. No quiero volver a soñar.
Buenas noches.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Pingüinos (de verdad)

Como si hubiera bebido un frasco de tabasco, siento el estómago ardiendo. Cada vez que vibra mi celular, creo que se me van a reventar los intestinos, e inundarán de sangre mi corazón. Espero una llamada que no existe.
Me siento como ese pingüino que regresó después de un año. Seguro que él pensaba que todo estaba bien. Que él era lo suficientemente bueno como para ser reemplazado, que todo lo malo quedaba atrás lentamente, aunque a veces se cayera.
Seguro que, durante un año entero, trabajó en sus asuntos personales. Viajó y nadó lo suficiente contra la corriente, como para darse cuenta de que él era el que se estaba esforzando demasiado. Le costó volver a aprender a nadar; la facilidad de ir con la corriente le hacía dudar de que realmente fuera tan bueno.
Ella se lo dijo. Él lo entendía, pero de repente no podía controlar su enfermedad, esa que lo hacía nadar contra la corriente. Incluso estaba tomando medicamentos, pero porque no lo dejaban abrazarla durante la noche, los dejó. Fue un irresponsable. Ni siquiera tomaba la mitad: los dejó por completo. Y si bien se abrazaron esas noches, llegó un día en el que la enfermedad pudo más.
Nadó un día entero contra la corriente. Fue tanto el cansancio al llegar la noche, que el agua se lo llevó a tierras lejanas, donde perdió un poco el juicio. Conoció a otros pingüinos con el mismo problema, y juntos se apoyaron para superar la enfermedad y regresar al nido.
Un año después, finalmente pudo volver. La encontró feliz; siguió con su vida. Él había sido terco, irresponsable y egoísta. Debió haber tomado los medicamentos. Debió haber compredido antes de que todo se fuera a la mierda, que podía no haber sido de esa manera. Debió haber pensado en ella un poco más, en cómo se sentía cada vez que volvía destrozado por nadar contra la corriente.
Si bien ella jamás pudo entender su enfermedad, por razones de pingüinos -monogamia- lo soportaba. Hasta que el tiempo la ayudó a ser fuerte y conoció a un pingüino mejor, más fuerte y sano. Un pingüino que no la iba a hacer preocuparse ni sufrir de esa manera. Nadie quiere un pingüino enfermo de la cabeza a su lado, decía a sus familiares.
Lo dieron por muerto.
Cuando regresó, peleó con la nueva pareja de su amada hasta que ella terminó con todo y eligió a su nuevo compañero de vida. La derrota del enfermo a algunos hizo llorar; otros voltearon la cabeza y continuaron con sus vidas. La sangre, la humillación, el último intento por recuperar a su único amor, fracasó.
Finalmente dio media vuelta y se resignó. Su enfermedad le había ganado. Él no supo vencerla a tiempo.
Todo lo que importaba es que ella era feliz.