martes, 28 de marzo de 2017

Menos hater, más constructiva

Buenas.
Hoy ando menos “hater” de lo normal. Lo sé porque a pesar de que no creo en el concepto del amor, en el fondo de mi alma he comprendido ya varias veces de qué se trata el estar pasando por una temporada de enamoramiento, por lo que es necesario para mí el definir un concepto que se adapte a mis pensamientos. Mas no se trata del concepto de enamoramiento ni enamorar, porque esto ya lo tengo internalizado en mi cerebro. Hoy lo que necesito es crearme una definición que me acomode con respecto a las parejas en general. Lo he venido pensando desde la ducha o creo que cuando fui a arrastrar pesas al gimnasio. Sin embargo, es necesario que antes de entrar a definir mi concepto, entregue mi percepción de las parejas. Porque si lo anterior me acomodara no tendría que buscar una nueva palabra para expresarme algo similar pero con mis propias condiciones.
Llevamos varios años caminando en la misma sociedad occidental y chilena como para no comprender el matrimonio. Y, para el caso, realmente no quiero referirme al matrimonio puesto que es en lo que menos creo de todo lo anterior, y sólo merece importancia en el ámbito legal de la vida familiar (al menos para mí es así). Por ende, debo reiterar que no escribiré sobre matrimonio en esta entrada.
Dejando atrás el contrato nupcial, es que deseo entrar en la forma de emparejamiento visible más común desde que comienza la pubertad hasta que la persona en cuestión decida –desgraciadamente desde mi punto de vista- casarse. Me refiero a nada más y nada menos que el “pololeo”. El estar de “novios”.
¿Qué es el pololeo?
Partamos por el comienzo: estaba esta pareja de personas (o trío o cuarteto, como uds quieran), que compartían sus vidas libremente. Sintieron que se encontraban en pleno enamoramiento, y entonces tomaron la decisión de conversar acerca de lo menos conversable de la vida: los sentimientos que aparecían hacia la otra persona con la que compartían. Tristemente, llegó un punto eventual en que las personas involucradas decidieron etiquetar su relación bajo el concepto de “pololeo”; desde mi punto de vista, lo que les pasó fue que el enamoramiento no les fue suficiente para expresarse, de modo que buscaron el “pololeo”.
Entonces llegamos al vértice en que estas dos o más personas fijaron condiciones para compartir sus vidas; y si ellas no se cumplen, se acaba todo, ¿no? Bien, las condiciones se presentan con un giro muy relevante con respecto a cómo era que vivían antes; el enamoramiento previo era libre. Era fútil y circunstancial, sí, pero no por eso iba a acabarse de un momento a otro. El “pololeo” demanda tiempo, fidelidad extrema, la cual llega al nivel de comprobar y checar todos los días; para algunas parejas, tienen que comprobar y checarse cada un par de horas. Demanda exceso de información; compartir amistades; conocer a la familia; verse necesariamente más días a la semana de lo que lo hacían antes; invitarse a todos los eventos y algunas veces no asistir en caso de que la otra persona no pueda aparecer. Guardar secretos hasta la tumba o con la persona de máxima confianza, sin que la otra persona involucrada en el “pololeo” sepa que existe alguien en quien se confía más (porque en caso contrario se arma la grande). En verdad, no se pueden tener secretos porque siempre arruinan todo cuando salen a la luz, de modo que el “pololeo” demanda ceder la privacidad.
Es común que una de las dos o más personas sea más dominante que la otra. Cuando esto pasa, hay un lado en el “pololeo” que tiene que ceder más y a la vez trabajar más en la relación para poder satisfacer las demandas y dominación de la pareja. En mi opinión, el “pololeo” necesariamente extrae la libertad individual bajo un alero de “libertad compartida” que debería traer la máxima felicidad y comodidad para la vida en pareja.
La “libertad compartida” que trae el “pololeo” me parece una de las falacias mejor aceptadas por la sociedad. Alguna vez escuché a decir que cuando se empieza a “pololear”, la pareja tiene el DERECHO de exigir, checar y comprobar, demandar, enojarse y sobretodo, sentir celos. Resumiendo en una palabra que me gusta mucho para describir el “pololeo”: ello entregaría el derecho a la POSESIVIDAD.
La posesividad basalmente trabaja desde el exterminio de la libertad ajena. La posesividad no existe sin sometimiento, y la libertad no existe cuando es sometida. No importa si existe enamoramiento, no importa si conoces a esa persona hace 20 años y le conoces más que nadie; NADA le da el derecho a la posesividad.
Desde mi percepción de los hechos, es que pienso en lo estúpido y ridículo que es el “pololeo”, ya que trae todas estas consecuencias negativas que en otra ocasión he ligado con fuerza al concepto del “amor”. ¿Por qué alguien querría entregar su individualidad a otra persona? ¿Por qué parece que fuera necesario hacer algo así? ¿No basta con que la sociedad nos reprima constantemente; también tenemos que buscar una forma de llevar la represión a la máxima intimidad de nuestras vidas? ¿Nos sentimos realmente felices al entregarnos a un “pololeo”, o es la convención de que así debe ser, de que no existen otras formas de amar y enamorarse?
Por lo anterior es que me niego rotundamente a creer y a practicar el “pololeo”, aunque pocas personas (que obviamente comen pomelo) sean capaces de comprenderlo. Me inclino a otra forma de compartir el enamoramiento, y a mi concepto estoy tentada a llamarle “compañerismo” (pero por favor ud no ligue la palabra al comunismo ni al socialismo ni a nada similar, o deje de leer ahora mismo).
¿Qué es el “compañerismo”? ¿Por qué debería existir algo como eso, para mí, si ni siquiera creo en el amor?
Pues, creo que el enamoramiento también merece algún tipo de etiqueta. Porque el lenguaje construye y destruye más fácil que ir y matar a un millón de personas en una isla, aunque de una manera más lenta: es 100 veces más efectivo. En fin, siguiendo con lo anterior, es que a las personas enamoradas también puede ser que les haga falta un concepto para la vida en pareja, o para comenzar a emparejarse con una o más personas en específico. Esto ayuda a diferenciarse del “pololeo” y también a situarse en un contexto propio. Porque es fácil decir “oh yo nunca quiero ni voy a ‘pololear’”, pero resulta que después cuando le piden “pololeo”, dice “ah ya”, sin cuestionarse ni recordar el por qué en primera instancia se negaba a encontrarse en esa situación. Esta es una forma de lucha, para recordar y encontrar una alternativa a la convención nociva del “pololeo”. Y el concepto de relación no convencional se escapa demasiado, llegando a poder interpretarse como forma de delito sexual. Ew.
El compañerismo se trata de compartir la vida sin restar libertades a la otra persona. Pero si ambas personas se encuentran de acuerdo con respecto a fijar normas (tales como monogamia), es completamente aceptable. Lo único que se requiere es estar de acuerdo. Pero acá no existen acuerdos que conlleven a la posesividad. Explico: la monogamia es un estilo de vida que la persona elige porque le acomoda, pero básicamente no se trata de ningún tipo de imposición. La posesividad es imponer. La posesividad es vigilar. La posesividad es restar libertad de elección a la otra persona. Por ende, la única convención en el “compañerismo” es la mono o poligamia. Ahí se verá qué decidirán esas personas. Todo lo demás es paja molida, y si te dicen que revisar el wasap o que no contestar a pesar de estar en línea o leer los mensajes de Facebook o llamar siempre que cuentas que vas a salir con amistades para saber con quién andas, o siempre sentir celos de cualquier persona sexuada que se acerque a ti; si te dicen que eso igual cuenta en el “compañerismo”, te informo que es una vil y sucia mentira que busca justificar la relación posesiva a través de un concepto que a ti te acomoda, pero a la otra persona no. Claramente a la otra persona le acomoda el “pololeo”. Y es lo que debería obtener.
Muchas veces sucede que alguien que busca “compañerismo” termina en una dinámica de “pololeo” porque la otra persona le mintió al respecto de su concepto con tal de obtener el anhelado “SÍ”.
Ahora, pensándolo mejor, lo que me complica del concepto es que a la hora de conversarlo habría que presentarse como “compañere”, y la verdad no me agrada cómo suena la palabra “compañero/a” sin género.
Lo tengo: “partner”. Y tiene sentido: hola, me gustaría ser tu “partner”, ¿apañas?
Bien puede decírsele “compañerismo” o “partnerismo”, pero la forma de referirse a la persona involucrada debe necesariamente ser “partner”.
He “pololeado”, sí. Hoy estoy soltera y, sí, he extrañado el sentir el calor de una pareja. Pero no de alguien que busque un “pololeo” (en ese caso diría que extraño el calor constante de una pareja, ojo). Alguien sólo podría interesarme hasta volverme a la monogamia, si se tratara de un “partner”.


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