domingo, 23 de abril de 2017

Odio de ficción

Así es: 
Cada cierto tiempo me desespero en mi propio espiral de la mala vida, de condenarme gratuitamente cediendo ante los pensamientos más pérfidos que mi cruda mente -desinteresada en mi bienestar- desarrolla. Muchas veces con miedo de que alguien sea capaz de escuchar o saber sin escuchar, pero tener la certeza de lo que estoy pensando; me asusta comprender que incluso los aparatos tecnológicos nos escuchan constantemente, atendiendo al disfraz de la utilidad de la propaganda y el consumismo; perfecta arma para ocultar la vigilancia que a ratos el algoritmo nos descarta... ¿o será que no?
Cuidado con lo que hablas; cuidado con lo que escribes, dicen por ahí.
Me da igual. Y espero que a quienes ruegan y rezan a un Dios siempre presente y omnipotente sientan lo mismo que yo, ya que deberían sentir la vigilancia del todopoderoso a cada error de interpretación de su santa Biblia. Comprendo que en su posición estarían acostumbrados. 
¿O será que finalmente Dios no les hace sentir lo mismo que el resto de las personas? ¿Será que Dios en realidad es tan inútil para castigarles, que finalmente a quien temen realmente no es al pecado ante Dios, sino ante la ley?
Siempre lo he dicho: no le temo a fantasmas ni alienígenas ni a eventos paranormales. Le temo a las personas vivas que desatan su bestia interior sin importar nada. 
Tampoco me importa realmente. Sentado como estoy, nada podría importarme menos que lo efímero del presente, la ritualidad del consumo de drogas, la penetración interrumpida por el orgasmo, el estudio que modifica nuestros cerebros. Sólo aquéllo que rápidamente se va y queda en el recuerdo, es lo que me importa. El resto, lo permanente, lo seguro, lo duradero, me causa náuseas. Pensar en una existencia sin la presencia de aquello que acaba, me destruye lo que algunas personas conocen como "alma". Si tuviera un alma, podrida como la concibo hoy, creo que cambiaría constantemente por todo lo que consumo que mi cuerpo asimila y luego desecha.
Como las personas a veces desechan a otras. Como las personas a veces se convierten en momentos del carrete de fotos del celular. De la colección de google fotos, facebook, twitter e instagram. Recuerdos pegados en el cibermundo, del cual siempre que queramos podremos escapar; lo sabemos pero prácticamente un 1% de la población se dedica a estar fuera de la red por voluntad propia. 
Yo ya quisiera escapar de esa forma de vida; ya quisiera destruir la red y regresar a tiempos antiguos, sólo para evidenciar cuántas personas serían incapaces de seguir adelante con sus vidas, cuántas personas idiotas descerebradas no sabrían empujar la puerta automática del supermercado que no recibe batería, esperando hasta que otra persona con mínima inteligencia para la resolución de problemas -que no necesariamente implica el uso de las matemáticas-, aparezca respirando en su nuca para empujar la puerta y de paso dejar pasar POR PENA al energúmeno cuyo cerebro se fundió ante el "incorrecto" funcionamiento de una puerta semiautomática. Hey, las puertas siempre se han abierto a través de tire y empuje, ¿no? Lo mismo corre para las que tienen sensores en el jumbo.
Jódase, estupidez de la inmediatez. Jódase, imbecilidad de la veneración a lo superficial. Púdranse, paseos que sólo existen a través de la publicación de selfies. Mueran, personalidades basadas en opiniones candentes de la red.
Pero debo decir, muy a pesar de mi discurso de odio ante este presente que cada día crece en su gen maligno, su tumor irremediable, como una bola de nieve imparable... que he amado la tecnología. Que espero de ella pueda convertirnos en cyborgs. Incluso conectarnos con el sistema que va más allá de nuestro conocimiento. Ser capaz de no confundir los cables con un cordón de plata. Escapar de la falsedad, la ilusión en la que entramos por las tecnologías prestadas por el sistema para controlarnos, y entrar en la nube.
Entrar en la nube y morir sabiendo.

No hay comentarios.: