miércoles, 10 de mayo de 2017

COLEGUIO

Hoy hice las observaciones de aula y patio. Había olvidado ese ambiente escolar tan peculiar, especialmente de los colegios particulares, porque el de liceo sólo lo conocí cuando hice mi práctica.
Me acuerdo que cuando era chica no cagaba en el colegio. Nunca quise ir al baño si no era para mear. Y también evitaba mear. Evitaba siempre los baños porque me daba una especie de pudor que estuvieran un poco cochinos.
La clase de 6to básico fue perfecta. De verdad les estudiantes participaban activamente y sentía como si amaran la materia que estaban viendo. El aire estaba plagado de ternura y había quienes llevaban pelos como de futbolista. Eso me agradó porque por lo general a esa edad -o en esos establecimientos- no les dejan llevar el pelo como un mohicano largo tirado hacia el lado, que era como lo tenían pocos estudiantes. Pero ahí estaban. 
En 2do medio la cosa era más caótica. Se esmeraban demasiado en llamar la atención y estaba este murmullo constante bien desagradable. Yo si ejerciera la profesión docente lo haría en cursos de personas de hasta 12 años. Más no. Menos 15. Muchísimo menos 16, 17 y así.
La enseñanza media está bastante podrida en muchas instituciones. Recuerdo que el curso en el cual impartí el taller de sexualidad, en mi práctica, en el liceo y todo, era el mejor. Realmente era un 2do medio ejemplar; en cambio, en algún momento fui a otro 2do medio y ahí me encontré con una adolescencia brutal. Recuerdo más específicamente a un joven como gorila que no quiso siquiera recibir la encuesta. Me daba la espalda y cuando se la ofrecí me lanzó una mirada de desinterés que francamente me rompió la esperanza; pero no porque no le interesase, sino porque no tuvo la decencia de al menos decir "no, no tengo ganas de participar"; sólo a través de su lenguaje corporal un tanto violento me demostraron que lo mejor era alejarme de él. Qué pena me dio.
Ese día salí del liceo con una sensación de malestar que me siguió durante el resto de esa semana. Lo recuerdo porque hablaba de eso y no podía quitarme de la cabeza las informaciones que circularon en esa sala cuando yo estaba ahí intentando hacer que contestaran mi encuesta. Estaban con su profesora jefa, y ella regañaba a una alumna que tenía un 1 en educación física. La adulta se notaba que estaba semi-preocupada porque en el fondo comprendía que no había nada por hacer por esa joven. Es más, al regaño ella no contestó. Ni se inmutó. Ni siquiera una sonrisa salió de su cara inexpresiva.
¿Cómo puede importarte tan poco el tener un 1 en gimnasia? Te creo un 4 porque ya, al menos conservas el azul... pero eso, en nuestro sistema educativo de mierda, sirve para mantener o subir un promedio que de por sí ya podría ser mediocre. Sin embargo, ella utilizaba esa clase completamente fácil, donde en verdad es demasiado difícil tener bajo un 6 porque da como pena castigarle a la juventud de hoy, cuando está con sobrepeso sobretodo y no pueden hacer algunos ejercicios, pero se esfuerzan, con malas notas. 
Y aquí estaba ella. Un 1 en educación física. ¿Qué hay que hacer para tener esa nota en ese ramo? Simplemente no puedo comprenderlo; ¿faltar siempre? ¿Insultar al docente? ¿...? No se me ocurren más interrogantes.
Y el gorila... el gorila con su actitud de mierda, podrida; reflejo de una generación sin futuro. Lo siento por escribir de esta forma, pero la mala educación en ese joven era ejemplificable. Lástima me dio, al final, ese curso. Nunca pude quitarme ese malestar de putrefacción generacional; incluso ahora que lo recuerdo, lo siento en mi pecho.
Pero ahora me toca pensar en el curso del taller. Qué grandes. En ese curso estaba toda la esperanza. El futuro. En ese curso me reencanté con las posibilidades positivas de la educación. El enseñar, el aprender, el conversar, el tener contacto con la juventud y saber en qué andan y por qué, cuáles son sus metas y ambiciones, qué opinan sobre esos temas tabú, cómo reaccionan ante esta nueva presencia joven que viene a hablarles de sexo. Eran geniales. Incluso quienes no lo eran tanto, siempre habrán sido mil millones máximo mejores que el curso de la putrefacción infinita de la mala educación. Se notaba que en ese curso había juventud deprimida, frustrada, desmotivada y sin autoestima. En el otro, a pesar de su contexto, se podía apreciar cierto aire de una educación significativa enfocada en una mejor convivencia. Además, tenían aspiraciones; de hecho pensaban en su futuro.
El segundo medio de hoy era menos interesante. Sentí que lo había visto antes, en la tele o en mi propia vida. Yo, que nunca me encanté con mi curso de la media del colegio concepción... Me acordé de la paja que me daba la juventud de mi generación que me rodeaba. Que la primera pregunta que me hicieron al llegar ahí, primer día de clases, primer recreo: "¿qué promedio tienes?". No era competencia, venía tal vez con un 5 y algo... Y mucha vergüenza de contestar. Creo que contesté que no lo recordaba. Seguramente así era, porque no me importaban las notas y siempre fui esa weona que odiaba el colegio y no soportaba el encierro, las órdenes, las enseñanzas que pensaba que jamás en la vida iba a aplicar; me gustaba computación porque siempre me han gustado los computadores. Odiaba educación física porque me imponían qué hacer; tampoco me daban ganas de correr en el cemento. Era una inadaptada para quien el cemento era el mejor lugar para andar en bici -por la velocidad... juraba que andaba en moto a veces de lo "rápido" que iba, y en las curvas itentaba echarme hacia el lado como había visto que hacían los motoqueros en la tele-, o bien para caminar de la mano con alguno de mis progenitores. El cemento no era para correr. Para correr y saltar y esquivar y nunca frenar, sólo seguir y seguir hasta que el aire no diera más, estaba la tierra. El pasto seco. Los troncos caídos. El olor hierba seca con algo de polvo.
Tuve una infancia feliz. Siento que viví infinitas aventuras en un espacio privilegiado para crecer; no porque estuviera en el centro de una urbe; tampoco porque tuviera vecinos geniales con consolas y muchos juegos. Mi privilegio era precisamente pasar el rato sola, imaginando, pensando siempre en el mundo animal, en dinosaurios y águilas gigantes como la de bernardo y bianca, y sobretodo esa libertad para correr y pasear sin más temor que a esas personas imaginarias que a veces simulaban la forma y sombra de ciertos árboles. Hablaba sola siempre porque yo tenía que interpretar a todos los personajes de mis historias. Así nacieron mis amigos imaginarios. Continúan en mi vida pero sólo en el plano de la escritura; ya no soy ellos ni hablo con ellos porque la adultez no me lo permite. Y dejo que eso haga efecto en mí.
Que triste crecer, a veces. Aunque me gusta mi vida y todo eso... qué triste me parece hoy la inexorable vejez y el decaimiento progresivo de algo similar a la libertad.
Bye.

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