domingo, 18 de junio de 2017

La del limbo y la que rescataron

Ten, es el pajarito de la vida. Quien tiene la suerte de despertar con su canto, se sabe que tendrá un buen día.
Imagina vivir con este pajarito en tu patio... en el árbol, no en la jaula.
No es fácil escuchar su canto. Es suave y débil, tan tenue que un ronquido lo puede opacar.
Pues entonces para qué dormir con alguien, ¿no?
No pensarás de esa forma cuando crezcas...
Sonaron tiernas risas familiares, de esos momentos típicos en que todo es tierno y cálido. La niña se atrevió a tomar el pajarito entre sus manos, ese que le ofrecía su papá para que lo conociera. Como si solo se pudiera conocer a través del tacto; supongo que hay personas así.
El pajarito no estaba a gusto entre sus manos, así es que intentó escapar al sentir que la fuerza de la niña era temerosa y por ende no le podía sujetar bien.
¡Que no se escape!, gritaron.
La niña se asustó de perder el pajarito y en un apretón casi involuntario, en el que no alcanzó a medir su fuerza, le quebró sus huesos y sus órganos internos colapsaron. La niña mató al pájaro de la vida. Lo único que le quedaba por hacer era pedir disculpas, llorar y sentirse mal.

A veces no es necesario ir y matar al pajarito de la vida para encontrar que cada respiro que damos nos acerca un paso más a la muerte. Y a medida que avanzamos, algunas nos cuestionamos con tanta fuerza el sentido de continuar caminando lentamente en este apurado y retorcido mundo humano, que sentimos que las escaleras y ascensores están de más. 
Perdón si lo que escribo no es feliz. Perdón por hablar de algo que no conozco. Perdón por pensar tanto en abandonar esta vida que considero no ha dejado de estar en el limbo desde que no me ahogué en esa piscina. Pienso por qué no. Por qué no me ahogué simplemente.
¿Seguiré siendo la misma persona que entró al agua, luego de que salí tras una de esas típicas experiencias cercanas a la muerte que muchos infantes viven cuando comparten en una piscina para todas las alturas? A veces pienso que entró una Ñuño. Ella murió ahogada y la que rescataron era otra. Era esa Ñuño un tanto difícil de complacer, que raramente está feliz porque sí y siempre se le hace fácil encontrar la falla a todo. Esa con la que también es difícil compartir. Por ende, se le dificultan las relaciones interpersonales.
Por la mierda, pienso, por qué tiene que ser tan difácil todo. Por qué siempre nos estamos anteponiendo muros que no nos ayudan en nada. Por qué usualmente pienso lo peor sobre todo. Por qué no puedo poner el pecho a la adversidad con esa valentía que tenía la Ñuño que murió en la piscina. ¿Podré recuperarla? ¿Habrá una parte de esa Ñuño en mí?
¿Quién era yo antes de caer en esa agua con cloro?
Pienso que la mujer que me salvó no era más que un demonio. De haber muerto ahí mismo, no habría sabido nada. No habría comprendido el concepto de lo difácil ni discutiría por Twitter con conocidos amistosos sobre CR7. No pensaría que el mundo está podrido, que la raíz de la Tierra tiene esa plaga desconocida que destruye la planta desde su inframundo.
Nos merecemos la mierda que cosechamos. Entré como una niña buena a la piscina, y salí convertida en otro monstruo más del montón. Mi infancia nunca fue igual luego de que conocí la basurita de la realidad. La basurita entonces nunca me abandonó y a veces toma posesión de mi emocionalidad completa y lo único que soy capaz de ver es la muerte. El término absoluto. El fin. Sin vuelta atrás.
Cuando algo me molesta tiendo a ser hiriente o pasiva agresiva. Luego me arrepiento y pido disculpas; son sinceras. Pero sigue siendo la típica práctica de nuestra generación.
No puedo escapar de los muros que me impone la basurita interior que cargo. Quisiera quitármela pero parece que ya está bien alojada entre medio de mis órganos. Si la removiera con cirugía sería lo mismo que suicidarme. 
Me cuesta empatizar con esas vidas vacías de las cirugías plásticas en exceso. Me cuesta también ser la Ñuño que se tira a la piscina sin pensar en nada malo. La Ñuño que confió ante todo. Me cuesta confiar en mí y en mis decisiones y en mis fortalezas y debilidades.
Odio rendirme. De verdad es un sentimiento de derrota que repudio, pero a veces es necesario porque una tiene que saber escoger sus peleas y aprender de las pérdidas.
Odio el teléfono. Odio cuando suena y suena y no se puede silenciar a menos que alguien lo conteste. No entiendo por qué tenemos red fija. Simplemente no lo puedo comprender.
Me desagrada mi personalidad. Me gusto y me odio a la vez; como tanto he dicho esta última semana, me amodio. Me gusto cuando soy espontánea y me odio cuando la basurita toma el control y el día oscurece más temprano. Me duele la guata, tal vez el colon, qué sé yo.
Quisiera contar una historia bonita alguna vez. Me imagino que no puedo porque realmente nunca escribo sobre nada... Además, si no puedo reconocer lo bonito de la vida y todo ese blabla optimista, jamás podré contar una linda historia.
El otro día veía un programa que hablaba sobre la ópera La Traviata.
sientounapuntadaenormeenmiestómagocadavezquetengounanotificaciónenwasap
Era una cortesana famosa que no conocía el amor por el que no se paga. Ese gratis y blablabla. Entrevistaban a personas en la calle y les preguntaban sobre el amor. Se sonreían cuando contaban sus historias... alguna fue increíble pero esas cosas pasan. Amarse y saberlo para desconectarse y encontrarse 40 años después y jamás volver a separarse. ¿Por qué esas historias existen? Otra dijo que sabía que podía morir habiendo conocido lo más hermoso de la vida, que era un amor inexplicable.
Yo repudio todo eso como el Grinch a la navidad. Me siento alejada de toda bonita historia porque siempre me tocan personas dificiles o me siento atraída hacia la peor calaña de humanidad. Nunca puede ser algo genuino, nunca puede ser feliz. Siempre hay algún problema; qué pasa ahora, Matías... SIEMPRE PASA ALGO.
Mi Bielsa interior.
También estoy harta de quejarme siempre de lo mismo, que las parejas y el "amor" y la posesividad y todo eso en lo que pierdo mucho tiempo y desgasto mi desentrenado cerebro. Pero lo hago porque el mundo siempre me quiere convencer de que eso es lo único que importa. Por otra parte, me convence de que importan los bienes materiales y las redes sociales. Nada de lo cual tengo. Nada de lo cual tengo "bien". Nada en lo que pueda sobresalir. NADA en lo que pueda ganar o sentirme satisfecha. No tengo amor, no tengo dinero, no soy buena en las redes sociales. Podría tenerlas pero para qué. De qué le serviría a la Ñuño rescatada el estar pendiente de cuántos corazones recibo o cuántos me gusta y me encanta y me entristece y me asombra y me enoja y me divierte. Además nadie reacciona en serio. Siempre lo más fácil es poner me gusta y seguir bajando la página hasta que se repite lo que viste la vez anterior.
No me gusta nada. Todo parece que no me gusta lo suficiente. Al final incluso cuando pensaba que me había traicionado por mi propia estupidez, recordé todo lo que observé en un principio y me dije "estoy puro hueveando. no me interesa un comino. nada. nadie. para qué alegar. para qué alejarse. para qué esforzarse tanto. para qué darle color. para qué".
La Ñuño del limbo lo estaría intentando todo, convencida de que por algo pasó esto y lo otro. Correría hasta el final aunque supiera que llega última, porque prefiere saber qué se siente cruzar la meta a rendirse, aunque llore por penosa y perdedora. La Ñuño rescatada ni siquiera lo intenta, especialmente luego de convencerse de que intentarlo no vale la pena porque perderá.
¿Qué tan sagrados días estamos perdiendo en este instante, por decidir no hacer nada para no quedar como una estúpida, aunque nadie se enterara?
Ninguno. Así que bien puedo seguir sin hacer nada.

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