viernes, 2 de junio de 2017

Orden... necesario

¿Cómo se puede manipular lo intangilble, lo que no se puede comunicar? ¿Cómo puedo manipular el silencio que se expresa a través del encogimiento compungido de mis entrañas? Estoy todos los días confundida. No hay semana que no me esté cuestionando el cómo poner en orden mis sucios sentimientos. Racionalizo que debería tirarme a la piscina, pero eso podría ser insuficiente. Además no reconozco ningún fin, ninguna meta, lo que me deja todavía más ciega en el centro de este hoyo de la confusión. Sólo sé lo que quiero en un mismo día, pero nunca lo he podido hacer realidad. A veces, sí, pero es raro. Por eso no planifico nada, sólo deseo, deseo y deseo hasta que pienso que debería rendirme... momento en el cual vuelvo a desear.
Necesito quitar la obsesión de mi cabeza. Necesito poner mis prioridades en orden y respetarlas; puedo hacer lo primero pero lo segundo se me dificulta a niveles exorbitantes. Es el olor, la piel, el contenido; no puedo escapar, no mientras no me aplasten como una cucaracha. Hoy día le comenté a la Pina que soy una cucaracha, no por lo cerda (espero), sino por ese defecto o cualidad de que mis sentimientos son incapaces de morir a menos que los aplasten de una. Que me pisen completa, como a una vil cucaracha.  Esto rara vez sucede, porque a las personas en general les duele pegar el necesario zapatazo para destruir a otra persona (yo, en este caso). Tal y como a mí me duele, hasta que ya no aguanto más y exploto y lo destruyo todo sin mirar atrás. Porque el error máximo está en mirar atrás, en observar el daño que causaste, en asimilarlo y sentirte como el repico porque tú fuiste la causa de la destrucción, de hacer sufrir a esa persona que metiste a una olla de aceite hirviendo.
No mires atrás. No cuando la decisión ya está tomada.
QUIERO dejar de desear, QUIERO dejar de reconocer los síntomas, QUIERO parlar -100; el dilema es, ¿puedo?
Soy débil. No obstante, sólo puedo morir en un minuto; el minuto que le tomaría a alguien aplastarme y luego desprender el zapato de mis emociones. De otra forma no funciona, porque mi debilidad se presenta en mi fortaleza para no rendirme nunca, a pesar de que el cielo y las condiciones meteorológicas pronostiquen la tormenta perfecta. Siempre reapareceré, no importa cuánto tiempo pase, como un fénix; no sirve de nada quemarme, dispararme, golpearme, lo único que funciona conmigo es aplastarme, no dejar ningún espacio posible para que escape una parte de mi, o de lo contrario podré revivir. 
Un minuto. Un minuto es todo lo que necesito para morir.

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